Cuando el macho no da la talla

Según una noción ampliamente aceptada en ecología evolutiva, -y que cuenta, además, con cierta evidencia empírica-, el esfuerzo que realiza un animal en un determinado evento reproductor condiciona el que será capaz de realizar en los siguientes. Esa noción se refiere, lógicamente, a las especies llamadas iteroparas, las que protagonizan más de un evento reproductor a lo largo de sus vidas.

Si un ejemplar de una especie iteropara dedica un esfuerzo pequeño al evento reproductor actual, podrá dedicar un mayor esfuerzo a la reproducción en posteriores eventos, y ocurrirá lo contrario si en el evento presente le dedica un esfuerzo grande. Eso ocurre porque la reproducción es costosa, o sea, conlleva costes que pueden ser somáticos o de supervivencia. Decimos que la reproducción conlleva costes somáticos porque los recursos (energéticos y estructurales) que se destinan a los materiales reproductivos hoy ya se han gastado, no se les podrán dedicar en futuras ocasiones. Y decimos que conllevan, -o pueden conllevar-, costes de supervivencia porque la reproducción ocasiona, a veces, la muerte de alguno o ambos progenitores, y de ser así, esos individuos nunca podrán volver a reproducirse. Cuando el esfuerzo es alto, esos costes son mayores que cuando es bajo. Esta noción que acabo de explicar aquí es uno de los pilares de la teoría de los ciclos de vida.

Según esa teoría, el esfuerzo o energía que destina una hembra a la reproducción en un evento concreto debiera estar en función del retorno esperable de ese esfuerzo. Y aunque en principio no sea evidente, de ello se deriva que el atractivo del macho debiera ejercer también algún efecto sobre el esfuerzo que hace la hembra. Veamos la razón de esto. El atractivo del macho es un indicador de su calidad genética; esto es, el atractivo expresa si los genes del macho son buenos o no. Así pues, cabe pensar que el éxito (ajuste, fitness) de la descendencia de un macho atractivo será mayor que el de la progenie de un macho que no lo es. Por ello, si su pareja es uno de esos machos atractivos que tiene “buenos genes”, lo lógico que la hembra se esforzara más dotando de más y mejores recursos a la progenie que comparte con ese macho. Se trataría de una apuesta segura por parte de la hembra, ya que ese mayor gasto lo destinaría a una descendencia que, por parte de padre, tiene también una alta probabilidad de resultar “exitosa”.

Y sí, es cierto que esa previsión de la teoría de los ciclos de vida se ha confirmado en numerosas ocasiones (vease, por ejemplo, el artículo “Sobre la importancia de saber (o poder) cortejar a la hembra”), pero no se ha confirmado en todas. Porque resulta que las hembras de algunas especies dedican un mayor esfuerzo a la progenie cuando el atractivo del macho es bajo. Esto es, se trata del comportamiento contrario al que se ha descrito para la avutarda hubara; a ese comportamiento se le denomina “inversión compenstoria”.

El diamante mandarín es una de esas especies en las que se produce inversión compensatoria. El diamante mandarín es un pájaro cuyo nombre científico es Taeniopygia guttata, y las hembras de esta especie realizan un mayor esfuerzo reproductor cuando el macho con el que se han emparejado es de poco atractivo; destinan un mayor volumen de recursos a los huevos y también les dotan de un mayor contenido en carotenos.

La hipótesis que se ha barajado para explicar el comportamiento compensatorio tiene relación con el hecho de que los diamantes mandarines son pájaros monógamos. Una vez se han emparejado, esa pareja lo es para siempre, y por esa razón, siempre será el mismo macho el que fecunde a la hembra en los sucesivos eventos reproductivos. Así pues, no tendría mucho sentido que la pareja de un macho de poco atractivo (baja calidad) limitase el esfuerzo en un evento reproductivo para disponer de mayor cantidad de recursos en los siguientes, ya que en esos siguientes será el mismo macho, -igual de poco atractivo-, el que aporte la otra mitad del patrimonio genético. Además, si los pollos son de baja calidad, esa hembra deberá hacer un mayor esfuerzo para alimentar y sacarlos adelante antes o después. Y por eso, es mejor que empiece a hecer ese mayor esfuerzo cuanto antes y no esperar a que eclosionen los huevos, ya que para entonces podría ser demasiado tarde.

Hay una razón adicional en favor de que la hembra destine un mayor volumen de recursos a los huevos. Si el estrés ambiental incide de manera determinante en la probabilidad de supervivencia de los jóvenes, el esfuerzo que realice la madre puede resultar decisivo si la calidad del padre es escasa, ya que gracias a dicho esfuerzo puede compensar las consecuencias perjudiciales de esa menor calidad paterna.

En definitiva, cuando de lo que se trata es de optar por dedicar un mayor o menor esfuerzo a la progenie, los factores que intervienen en esa opción no suelen actuar de manera independiente. Como hemos visto en este caso, los elementos de naturaleza endógena (calidad genética de la pareja masculina) interaccionan con elementos de carácter exógeno (condiciones de estrés ambiental) y esa interacción determina la opción de uno de los progenitores, -la pareja femenina en este caso-, por el nivel de esfuerzo.

Los autores de la investigación no explican por qué razón no hace siempre la madre el máximo esfuerzo posible para sacar adelante a la nidada. A mi juicio, esa razón es que cuando la madre opta por el esfuerzo mayor está, de hecho, elevando la probabilidad de que no sobreviva hasta la siguiente época reproductora, ya que esta especie presenta tasas de supervivencia entre eventos reproductores verdaderamente bajas. En cierto modo, está dejando la continuidad de sus genes a expensas del éxito de la siguiente generación. Si actuase de otro modo, limitando el esfuerzo, arriesgaría la viabilidad de la progenie sin elevar, a la vez, sus propias posibilidades de alcanzar la siguiente época reproductora.

Fuente: Elisabeth Bolund, Holger Schielzeth, Wolfgang Forstmeier (2009): “Compensatory investment in zebra finches: females lay larger eggs when paired to sexually unattractive males” Proceedings of the Royal Society B 276: 707–715.

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