Los colibríes no se envenenan con agua (por sorprendente que resulte)

En cierto modo es sorprendente que los colibríes no se enevenen con agua. Esa afirmación puede resultar sorprendente, dado que casi nadie sabe que es posible envenenarse de esa forma, pero lo cierto es que la hiperhidratación, -así se denomina técnicamente el envenenamiento con agua-, es el mal que sufren los animales que beben agua en exceso. Y es un peligroso mal.

También pueden sufrir hiperhidratación los seres humanos, aunque suele ser la consecuencia, directa o indirecta, de alguna enfermedad. Por ejemplo, aunque resulte paradójico, la gastroenteritis puede provocarla. Si por culpa de la gran pérdida de líquido provocada por una gastroenteritis se bebe una excesiva cantidad de agua, puede ocurrir que se produzca un descenso significativo, y peligroso, de la concentración de sales del medio interno. Eso puede ocurrir porque cuando se pierden líquidos, también se pierden también sales y, sin embargo, cuando se bebe agua para recuperar el estado normal de hidratación, ese agua prácticamente no contiene sales, con lo que en el balance final el resultado neto es neutro en lo que al agua se refiere, pero es negativo con respecto a las sales. Se han dado casos de deportistas que han perdido la vida por esa causa en plena competición, por no haber repuesto, junto con el agua, las sales perdidas. Y se cree que Andy Warhol, que falleció como consecuencia de una arritmia cardiaca, pudo verse afectado por un episodio de envenenamiento con agua, puesto que al practicársele la autopsia se observaron síntomas de hiperhidratación.

La función cerebral es la que en mayor medida puede verse afectada por la hiperhidratación, puesto que si el medio interno se diluye en exceso, se puede producir un desequilibrio muy peligroso en el balance de electrolitos entre el líquido intersticial que baña las neuronas (medio interno) y el plasma neuronal. Es imprescindible que se mantenga ese equilibrio de electrolitos para que los impulsos nerviosos puedan generarse y propagarse con normalidad.

En la naturaleza no son muchos los animales expuestos a un riesgo como ese. Los anfibios podrían encontrarse en esa situación, ya que su piel es muy permeable y su medio interno tiene una concentración de sales más alta que el agua en que viven; pero eliminan el agua que entra en su organismo produciendo grandes volúmenes de orina. La orina de los anfibios, además, es muy diluida, casi no contiene sales, puesto que el riñón es muy eficaz recuperándolas. Los peces teleósteos de agua dulce también podrían envenenarse de ese modo si no fueran capaces de evitar la invasión de agua en sus tejidos, pero sus tres barreras contra la dilución son muy eficaces[1].

También los colibríes, debido a su modo de alimentación, han de hacer frente a un problema similar. No es un problema menor, ni mucho menos, puesto que la entrada de agua en sus organismos es incluso mayor que la que experimentan los anfibios. El néctar, su principal alimento, es una disolución acuosa de azúcar, por lo que, dado el pequeño tamaño de estas aves, en poco tiempo se ven obligados a ingerir enormes volúmenes de líquido: en doce horas ingieren una cantidad de néctar que equivale a entre cinco y quince veces su propia masa corporal, y eso significa que han de incorporar mucha agua.

En un principio se pensaba que el intestino del colibrí sólo absorbe una pequeña fracción del agua ingerida. Eso es, de hecho, lo que hacen las aves de la familia Nectariniidae, que como su propio nombre indica, también se alimentan de néctar. Pero los colibríes son diferentes, puesto que absorben un 80% del agua ingerida, y eso quiere decir que sus riñones han de expulsar la mayor parte de ella. Son riñones muy eficaces, y muy flexibles además, puesto que la mayor parte del trabajo deben hacerlo de día, ya que en la noche el colibrí entra en una especie de letargo y los riñones dejan prácticamente de trabajar.

El del exceso de agua no es un problema menor para los colibríes, porque por eficaces que sean, los riñones tienen sus límites. Es más, es muy posible que sea esa la razón por la que vivan en zonas cálidas. En los lugares fríos los animales homeotermos pierden más calor y a consecuencia de ello, han de comer más que en los lugares cálidos; por eso, un colibrí, si viviera en un lugar frío, tendría que comer más, y ello supondría un gran problema, puesto que los riñones se verían obligados a procesar mayores volúmenes de agua. De hecho, los colibríes expuestos a temperaturas frías pierden peso, ya que por culpa del exceso de agua no pueden ingerir todo el néctar que hubiesen necesitado.

Como he señalado antes, es diferente el comportamiento de los miembros de la familia Nectariniidae: no absorben todo el agua ingerida, ya que pueden llegar a descartar hasta el 60%. Se desconoce el mecanismo que les permite comportarse de ese modo, pero sabemos que es absolutamente necesario para ellos, dado que los lugares en los que viven experimentan a menudo bajas temperaturas.

La vida se presenta en ocasiones en forma de un nudo enredado: tres factores, -tamaño, temperatura, y modo de alimentación-, condicionan la distribución geográfica de los colibríes, y lo hacen de una forma verdaderamente enrevesada.

Referencia: C. Martínez del Rio, J. E. Schondube, T. J. McWhorter, y L. G. Herrera (2001): Intake Responses in Nectar Feeding Birds: Digestive and Metabolic Causes, Osmoregulatory Consequences, and Coevolutionary Effects; American Zoologist 41 (4): 902-915.


[1] La primera barrera es la piel impermeable; la segunda barrera la conforman la alta producción de orina y su baja concentración de sales; y la recuperación extrarrenal de sales constituye la tercera barrera. Es esta última la que de hecho evita la hiperhidratación, puesto que es el mecanismo que de forma específica opera con ese fin.

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