Trainera

Con el verso “Mila bederatziehun eta lehenengo urtean” (En el año mil novecientos uno) comienza una popular canción de Orio, muy conocida entre los vascos desde que el cantautor Benito Lertxundi la grabase hace ya varias décadas. En la canción se narra la historia de la caza de una ballena. Tras su avistamiento, frente a la barra de Orio, a las nueve de la mañana del 14 de mayo de 1.901, la ballena fue arponeada por los arrantzales que partieron a darle caza en cinco traineras. La canción cita a los cinco oriotarras que patroneaban las traineras y también hace una detallada descripción de la ballena, dando las medidas de longitud, anchura y peso, y llegando a precisar incluso el precio, -seis pesetas la tina-, a que fue vendida.

Aunque ya hace más de un siglo que los vascos no se dedican a cazar ballenas, en el pasado esta actividad tuvo importancia económica para los pueblos de la costa. No sólo los vascos; son varios los pueblos que han vivido de la caza de ballenas y, aun hoy, rusos, noruegos y japoneses siguen teniendo su flota ballenera.

Aunque la carne de ballena es una carne apreciada en algunos paises, el producto del que históricamente se obtenía mayor rentabilidad era el aceite, o grasa, porque de un único ejemplar pueden extraerse grandes volúmenes. Todos los mamíferos marinos acumulan grandes cantidades de grasa subcutánea. Esa grasa puede jugar el papel de reserva energética, por supuesto, pero su principal función no tiene nada que ver con esa condición. La grasa subcutánea que acumulan los mamíferos marinos ejerce, ante todo, el papel de aislante térmico.

Las tres vías o los tres modos mediante los que pierden calor los animales son la radiación, la conducción (o convección) y la evaporación. Pero los animales acuáticos, por razones obvias, sólo pierden calor por conducción; esto es, por transferencia directa de calor de una masa (animal) a otra (agua). Por otra parte, el agua conduce el calor mucho mejor que el aire, razón por la cual los animales acuáticos pueden llegar a perder grandes cantidades de calor si el medio externo está más frío que el organismo.

En el caso de los homeotermos, casi todas las masas de agua naturales del planeta están más frías que ellos, y esa diferencia es enorme si los animales en cuestión viven en las zonas circumpolares. Se da la circunstancia de que en esos mares habitan abundantes ejemplares de algunas especies de mamíferos marinos. Entre ellos se encuentran las ballenas, y no es casualidad que haya tantos ejemplares. Por un lado, son aguas muy productivas y, por el otro, se encuentran muy bien adaptados a vivir en esas aguas tan frías. Y el hecho es que el principal elemento que les permite adaptarse y medrar en aguas gélidas es, precisamente, el magnífico aislamiento térmico que les proporciona la abundante grasa subcutánea que acumulan.

Dibujo de pez globo lateral and ventral views Credit: Wellcome Library, London. Wellcome Images images@wellcome.ac.uk http://wellcomeimages.org Fish 'Tipa', no. 10. Watercolour 1783 By: Bhawani. DasPublished: c. 1783 Copyrighted work available under Creative Commons Attribution only licence CC BY 2.0 http://creativecommons.org/licenses/by/2.0/
Vista lateral y ventral de pez globo. Credit: Wellcome Library, London. Wellcome Images http://wellcomeimages.org Fish ‘Tipa’, no. 10. Watercolour 1783 By: Bhawani. DasPublished: c. 1783 Copyrighted work available under Creative Commons Attribution only licence CC BY 2.0

“Tres personas fallecieron ayer, tras sufrir una parálisis muscular generalizada, víctimas de una intoxicación tras ingerir una preparación casera de fugu”. Un titular similar a este aparece cada cierto tiempo en la prensa japonesa. Cada año, un número variable de japoneses, de entre 100 y 200 de acuerdo con estimaciones más bien modestas, fallecen víctimas de una peculiar intoxicación alimentaria.

Lo más llamativo de este fenómeno es que la intoxicación en cuestión no se debe a que el alimento consumido se encuentre en mal estado, ni a un accidente de la naturaleza similar al que provocan las mareas rojas sobre los moluscos. No, en este caso, se trata de algo diferente. El responsable de la intoxicación es un curioso pez, el pez globo. Su nombre se debe al hecho de que cuando se siente amenazado, se hincha y aumenta su volumen, adoptando una forma prácticamente esférica. Se trata de un comportamiento defensivo similar al que adoptan muchos otros animales que tratan de aparentar ser más grandes de lo que son para infundir más respeto en sus posibles depredadores o competidores.

Pero no es ese el único mecanismo defensivo del que hace gala tan aparatoso ser. A los que no se han arredrado ante el despliegue defensivo y han tenido el atrevimiento de comérselos, todavía les reserva una desagradable sorpresa. En efecto, una vez ingerido, una potente toxina que se encuentra en sus órganos provoca parálisis muscular generalizada de consecuencias fatales para el atrevido e infortunado deprededor. En humanos, por ejemplo, el efecto de la tetrodotoxina es mortal en un 60 % de los casos en los que aparecen síntomas de intoxicación.

Evidentemente, la pregunta que suscitan datos tan alarmantes es cuál es la razón por la que los japoneses asumen tan altos riesgos. La respuesta parece obvia. A decir de los gourmets japoneses, la carne de pez globo, en cualquiera de sus múltiples preparaciones, es el manjar más exquisito. Hay sin embargo quien piensa que, en el fondo, no es sino una versión culinaria y menos arriesgada de la ruleta rusa. Sea como fuere, lo cierto es que es el pescado más apreciado por los japoneses. Cada año se consumen en Japón del orden de 10.000 toneladas de este pez, y eso que es uno de los alimentos más caros de ese país.

En la Edad Media, durante el shogunato Tokugawa y, posteriormente, durante el periodo Meijí (1868-1912) el consumo de pez globo llegó a estar prohibido por las autoridades y en la actualidad se mantiene una estricta regulación sobre su consumo. Sólo está permitido el consumo de pez globo en los 1.500 restaurantes en los que es elaborado por cocineros especialmente entrenados para minimizar el riesgo de intoxicación. Se requiere superar una exigente prueba –sólo lo consigue una cuarta parte de los que lo solicitan- para adquirir la correspondiente acreditación. Sin embargo, una parte importante del consumo se realiza en los hogares de los japoneses y la preparación corre a cargo de los mismos consumidores. Hay restaurantes, incluso, en los que dependiendo de quién lo solicite, llegan a servirse piezas del pez cuyo consumo está taxativamente prohibido. En 1975, un célebre actor, Mitsugoro Bando VIII, al que se había concedido el título de “Tesoro vivo del Japón”, falleció en un restaurante tras consumir cuatro platos de hígado de pez globo. Se da la circunstancia de que son el hígado, la gónada femenina y la piel, los órganos en los que más abunda la toxina y cuyo consumo está rigurosamente prohibido.

La toxina en cuestión, llamada tetrodotoxina, actúa sobre el sistema nervioso, incapacitando a las neuronas para transmitir impulsos. En todos los animales los impulsos nerviosos consisten en la propagación a lo largo de las neuronas de cambios de polaridad eléctrica entre el interior y el exterior de las membranas celulares. Esos cambios se producen porque en las membranas de las neuronas hay unos canales que, dependiendo de que estén abiertos o cerrados, permiten que pasen cargas eléctricas de un lado a otro de la membrana. Lo que hace la tetrodotoxina es bloquear uno de esos canales, el de sodio, de forma que impide el movimiento de cargas eléctricas necesario para que se propaguen los impulsos.

Parece ser que la tetrodotoxina es producida por unas bacterias que se alojan en los tejidos del pez globo, manteniendo con aquél una relación simbióntica. Lo curioso es que este pez tolera la presencia de tetrodotoxina en sus tejidos sin que su sistema nervioso se resienta. Y la razón de esa tolerancia es que los canales de las membranas neuronales a los que se ha aludido antes son diferentes en esta especie y no pueden ser bloqueados por la toxina.

Lo que probablemente muchos japoneses desconocen es que la tetrodotoxina ha resultado de gran utilidad en el campo de las neurociencias. Una parte sustancial de lo que hoy sabemos acerca del modo en que se transmiten los impulsos nerviosos se debe a la utilización de neurotóxicos, y entre ellos la tetrodotoxina, con propósitos científicos. Los neurotóxicos que actuan bloqueando canales han resultado muy útiles. Su uso, en combinación con otras técnicas, nos ha permitido conocer en qué consisten y como se producen las corrientes eléctricas que atraviesan las membranas neuronales. Y son esas corrientes las responsables de que se puedan propagar impulsos nerviosos.

Así, resulta que una sustancia natural, de efectos potencialmente letales, ha contribuido al avance del conocimiento científico en el campo de las neurociencias. Y es este campo uno de aquéllos de cuyo desarrollo cabe esperar importantes aportaciones a la salud y bienestar humanos.

Nota: El título de esta entrada es un verso de una antigua canción japonesa (“Fugu wa kuitashii, inochi wa oshishii”)

Oso pardo (Wikipedia)
Oso pardo (Wikipedia)

Hoy, dos de febrero, es la Candelaria, Candelera, o día de las Candelas. Es una fiesta religiosa que, según algunos investigadores, tuvo su origen en la antigua Roma, donde la procesión de las candelas formaba parte de la fiesta de las Lupercales. La razón por la que la traigo a Zoo Logik, no obstante, nada tiene que ver con eso. Me interesa la Candelaria porque en Europa se celebra hoy el día del oso. En los Pirineos vascos es “hartzaren eguna”. Y en algunas localidades de la costa este de los Estados Unidos es el día de la marmota.

No es casualidad que el día del oso y el de la marmota sean el mismo. Nos encontramos en la mitad del invierno. El refrán español dice “Por la Candelera sale el oso de la cueva; pero si hace mucho frío, se vuelve a ella”. El día de la marmota, por otro lado, lo llevaron los alemanes a América, por lo que la tradición de la marmota Phil, de Punxsutawney (Pensilvania) es, en realidad, la misma que la del oso. En todos estos casos, de lo que se trata es de determinar, de algún modo, el tiempo que queda hasta que finalice el invierno. El refrán español alude al final del letargo invernal del oso, y la tradición de la marmota, al final de su hibernación. Por lo tanto, la tradición europea se basa en la eventualidad de que los mamíferos que hibernan decidan, o no, retomar la vida activa. Y a cuenta de estas curiosas tradiciones, he pensado que hoy era un día excelente para hablar de mamíferos que hibernan y de algo que mucha gente quizás no sepa, y es que la de los osos y la de los mamíferos de menor tamaño son hibernaciones distintas e, incluso, fenómenos fisiológicos diferentes.

Los mamíferos que habitan en zonas frías deben afrontar condiciones muy duras cuando llega el invierno. Las bajas temperaturas pueden ocasionar grandes pérdidas de calor, por lo que para mantener constante la temperatura debe elevarse la actividad metabólica, de manera que la producción de calor compense las mayores pérdidas. Eso supone que ha de gastarse más energía, y esa energía ha de obtenerse de las reservas almacenadas previamente o del alimento que sean capaces de conseguir. El problema es que en invierno hay poco alimento. Por esa razón, muchos mamíferos de zonas frías hibernan. De abril a septiembre mantienen un modo de vida normal pero a partir de septiembre, en algún momento, se recluyen en su madriguera, bajan la temperatura corporal, reducen su metabolismo a un mínimo, y dejan de desarrollar actividad muscular.

Muchos de esos mamíferos que hibernan, en ciertas ocasiones y con una periodicidad determinada, despiertan para volver enseguida a la condición de mínimo nivel metabólico. Se desconocen las razones por las que se producen esos fugaces despertares, pero deben de ser razones muy poderosas, puesto que conllevan elevaciones significativas del gasto energético, hasta el punto de que dos terceras partes del gasto que se produce durante la hibernación ocurre debido a esos breves episodios.

Los animales, para poder hibernar, han de tener un tipo especial de tejido adiposo al que llamamos grasa parda, pero no todos los mamíferos cuentan con ese tejido. Cumple una función importante, puesto que es la fuente de calor durante los despertares fugaces a que he hecho mención en el párrafo anterior. Es un tejido termogénico. Un aspecto importante de esa modalidad de tejido graso es su ubicación anatómica. Algunos acúmulos de grasa parda se disponen rodeando a las principales arterias del organismo; de esa forma, el calor que genera cuando desempeña su función termogénica llega rápidamente, por medio de la sangre, a los pulmones, el corazón y el cerebro, esto es, a los órganos vitales más importantes.

Además de contar con grasa parda, otra característica común a los animales que hibernan es su pequeño tamaño. Esta afirmación seguramente chocará, pues todos tenemos en la cabeza a los osos, que son animales de gran tamaño, y de los que sabemos que entran en letargo durante el invierno. Lo que no está tan claro es si ese letargo puede ser considerado hibernación, ya que solo reducen ligeramente su temperatura corporal; el letargo de los osos consiste en una hipotermia superficial. El animal de mayor tamaño que hiberna en sentido estricto es la marmota alpina, que con sus cinco kilos de peso, se encuentra muy lejos de las grandes masas propias de los osos.

Como antes he señalado, la razón de la hibernación es el ahorro energético que conlleva. Pero ocurre que cuanto mayor es un animal, menor es la cantidad de energía que ahorran al hibernar, ya que hay una relación inversa entre la energía que se ahorra y la masa corporal. La tasa metabólica de los animales pequeños es muy alta a niveles normales de actividad, pero cuando hibernan esa dependencia con el tamaño es mucho menor; esto es, en estado de hibernación la tasa metabólica no se reduce tanto al aumentar el tamaño de los animales como lo hace cuando la actividad es la normal.

Marmota alpina (Wikipedia)
Marmota alpina (Wikipedia)

Veamos una comparación. La tasa metabólica normal de un murciélago de 20 g viene a ser del orden de 6 ml O2 g-1 h-1, mientras que se reduce a 0’03 ml O2 g-1 h-1 cuando se encuentra en estado de hibernación. Por lo tanto, hay una gran distancia entre ambas, por lo que el ahorro que se produce al hibernar es muy importante. Por su parte, la tasa metabólica normal de una marmota alpina de 5 kg ronda los 0’5 ml O2 g-1 h-1, mientras que se reduce a 0’02 ml O2 g-1 h-1 en estado de hibernación. Así pues, el ahorro energético es muy inferior en este segundo caso. Recordemos de nuevo que la marmota alpina es el mamífero hibernante (sensu stricto) de mayor tamaño. Pues bien, un animal de mayor tamaño que hibernase prácticamente no ahorraría nada, algo que en parte es debido al alto coste energético que conllevan los despertares fugaces dentro del periodo de hibernación. Así pues, la modalidad de hibernación que consiste en una hipotermia profunda y despertares ocasionales, no sería un buen negocio para animales de más de 5 kg de masa. Los osos no hibernan de ese modo, y está clara la razón por la que no lo hacen: son demasiado grandes.

Para acabar quiero recordar que mañana, día tres, es San Blas, y que en nuestra tradición también tenemos el “por San Blas la cigüeña verás, y si no la vieres, año de nieves”, refrán en el que también nos remitimos al comportamiento de un animal para tratar de predecir la dureza del invierno que todavía nos queda por delante. Y el día cuatro es la víspera de Santa Águeda, día en que, en la tradición vasca, salen las cuadrillas a la calle a cantar a la santa y a golpear el suelo con los bastones (makilak) para despertar a la naturaleza y que salga, de una vez, del letargo en que se encuentra. Por supuesto, ni las makilak despiertan nada, ni osos y marmotas aciertan, salvo por casualidad. Pero es muy divertido, desde luego.

Notas:

(1) Aprovecho la ocasión para recomendar a los lectores de este blog que no hayan visto “Atrapado en el tiempo” –si es que queda alguno sin verla- que la vean; la película, que gira alrededor de la celebración del día de la marmota, es una delicia.

(2) Quien tenga curiosidad, aquí tiene uno de esos coros que salen a cantar la víspera de Santa Águeda en Vasconia, este en Portugalete:

Vulpes vulpes (Foto: Wikipedia)
Vulpes vulpes (Foto: Wikipedia)

Dimitry K. Belyaev fue un genetista ruso que no comulgaba con la doctrina genética de base lamarckiana, enunciada por Trofim Lysenko e impuesta por las autoridades comunistas, que dominó el panorama de las biociencias en la Unión Soviética durante las décadas centrales del pasado siglo. Por esa razón fue enviado a Siberia, a liderar la investigación en cría de animales peleteros. El experimento que empezó Belyaev en 1959, y que se prolongó durante 45 años (Belyaev murió en 1985 antes de finalizarlo), consistió en la obtención de una variedad domesticada de zorro plateado para su cría, con el fin de producir pieles de alto valor comercial. El experimento fue un éxito. Los zorros seleccionados por su mansedumbre no huyen de la gente, no la muerden y se comportan como si fuesen perros: gimotean, husmean y dan lametadas. Parecieran canes.

Pero además de esos rasgos de comportamiento perrunos, los zorros seleccionados por su docilidad se parecieron a los canes en rasgos de otra naturaleza: sus colas se rizaron, las orejas se volvieron flácidas, la piel se llenó de motas, las patas se acortaron, y los cráneos se ensancharon. Estos caracteres anatómicos no habían sido buscados y, sin embargo, aparecieron como si se encontrasen íntimamente ligados al rasgo etológico seleccionado, la mansedumbre.

Casi todos los animales salvajes son más mansos de jóvenes que de adultos. Esto parece lógico. Cuando no son más que crías, los animales dependen de sus progenitores para muchas cosas y muy especialmente, para defenderse, por lo que no necesitan exhibir actitudes agresivas. Solo cuando son adultos disponen tanto de medios como de razones para defenderse. La pérdida de la mansedumbre, se produce en los zorros salvajes entre el segundo y el cuarto mes de vida, y viene mediada por una elevación del nivel de corticosteroides en la sangre. Los corticosteroides son hormonas asociadas al estrés. Se trata de un hecho predeterminado de forma genética. No tendría sentido que un animal esperase a desarrollar su comportamiento “salvaje” sólo hasta haber sufrido una experiencia desagradable con un depredador o un posible competidor agresivo. Lo lógico es que se encuentre preparado para cuando eso pueda pasar, pues de lo contrario, bien podría ocurrir que ya no tuviera ocasión de hacerlo nunca. Y esa es la razón por la que la emergencia del comportamiento agresivo está programada genéticamente.

La selección de individuos más mansos se basa en el hecho de que unos zorros y otros varían en lo relativo al momento en que se produce la elevación de los niveles hormonales, y en que esa variación es heredable. Así, lo que hacía el equipo de Belyaev era seleccionar los individuos en los que el cambio hormonal se producía más tarde, esto es, los que tenían un periodo infantil más prolongado. Pero como sabemos del funcionamiento de las hormonas, son varios los rasgos que se ven afectados por un mismo sistema endocrino. Así, en el caso que nos ocupa, el que se seleccionasen otros rasgos, además de la mansedumbre, evidentemente indica que las mismas señales hormonales que median la pérdida de la docilidad, median también los cambios anatómicos que se producen en el desarrollo de los zorros y, como veremos, de otros mamíferos. Esto es, si los corticosteroides son los responsables de la aparición del comportamiento “salvaje”, parece que también lo son de la pérdida de los otros caracteres infantiles o juveniles.

Lo curioso es que este fenómeno tiene carácter general. Todos los animales domésticos, incluidos gatos, perros, ganado, caballos, cerdos y cobayas tienden a compartir una serie de rasgos. De hecho, Darwin se había percatado de ello y, en el primer capítulo de “El origen de las especies”, llegó a escribir lo siguiente: “No puede citarse un animal doméstico que no tenga en algún país las orejas caídas…”. Entre los animales salvajes, la mayor parte de las crías tienen orejas caídas, mientras que entre los adultos, sólo el elefante las tiene. Este conjunto de observaciones indica que todos nuestros animales domésticos han adquirido la docilidad reteniendo caracteres juveniles, del mismo modo a como lo hicieron los zorros plateados en el experimento de Belyaev.

Según un amplio análisis del tamaño de los picos de las aves, las de zonas cálidas tienden a tener picos de mayor tamaño que las de zonas frías.

Pingüino emperador, un ave con un pico muy pequeño (Wikipedia)
Pingüino emperador, un ave con un pico muy pequeño (Wikipedia)

Hasta hace poco tiempo, la variabilidad en la forma y tamaño de los picos de las aves se había interpretado de acuerdo, principalmente, con la función que cumplen en la alimentación. A ese respecto, son especialmente populares los picos de los pinzones de Darwin. Y tampoco cabe descartar su posible papel en procesos de selección sexual. Pero como vimos aquí en relación con el pico del tucán, también sabemos que es un órgano importante como vía de disipación del calor corporal; el pico del tucán Ramphastos toco disipa entre el 30% y el 60% del calor corporal, dependiendo de sus necesidades, y lo hace controlando el flujo de sangre que circula por los vasos más próximos a la superficie del pico.

Las aves, como es bien sabido, son animales endotermos –su calor corporal tiene origen en su propio metabolismo-, y en esas especies las zonas que no se aíslan son ventanas térmicas al exterior. Por ello, el tamaño de esas ventanas puede ser objeto de presiones selectivas ligadas al factor térmico ambiental. Por otro lado, hace más de un siglo (Allen, 1877) se enunció un principio que desde entonces se ha conocido como regla de Allen, según la cual, las especies de climas fríos tienden a tener extremidades de menor tamaño que las de las especies de clima cálido. Y aunque ha habido varias observaciones que han dado respaldo a esa regla, hay muy pocos estudios comparativos que hayan permitido respaldar la validez de la regla con ciertas garantías. Por esa razón, unos investigadores se han propuesto someter a contraste la citada regla, y lo han hecho mediante análisis filogenéticos comparativos de las longitudes de los picos de 214 especies de aves de ocho taxones -o grupos- diferentes, en biomas térmicos distintos y en muy diferentes localidades. Las razones por las que escogieron los taxones estudiados las dan los autores en su trabajo original.

Imágenes térmicas (infrarrojo) de los picos de algunas aves. A, Rhea americana; B, Anser anser; C, Aburria jacutinga; D, Sarcoramphus papa; E, Sula leucogaster; F, Archilochus colubris; G, Ara rubrogenys; H, Anodorhynchus hyacinthinus; I, Ramphastos toco; J, Pteroglossus bailloni. En todos los casos la diferencia entre la temperatura del pico y la temperatura ambiental es bastante mayor que 0, lo que es buena muestra del potencial de pérdida de calor a traves de la superficie de esa estructura.
Imágenes térmicas (infrarrojo) de los picos de algunas aves. A, Rhea americana; B, Anser anser; C, Aburria jacutinga; D, Sarcoramphus papa; E, Sula leucogaster; F, Archilochus colubris; G, Ara rubrogenys; H, Anodorhynchus hyacinthinus; I, Ramphastos toco; J, Pteroglossus bailloni. En todos los casos la diferencia entre la temperatura del pico y la temperatura ambiental es bastante mayor que 0, lo que es buena muestra del potencial de pérdida de calor a traves de la superficie de esa estructura.

Considerados los taxones por separado, en seis de ellos hay correlación negativa significativa entre la longitud del pico y o bien la latitud o bien la altura sobre el nivel del mar. En promedio, el pico de galliformes canadienses, pingüinos (Spheniscidae), gaviotas (Laridae) y charranes (Sternidae) es más pequeño en las especies ubicadas más al norte. En loros y cacatúas (Psittaciformes) australianos la relación era casi significativa (p = 0,51). Y no parece haber relación entre longitud del pico y latitud en estríldidos o pinzones tejedores, barbudos africanos (Lybiidae) y tucanes (Ramphastidae), aunque en estas dos últimas familias, las especies de latitudes más altas tienen picos de menor tamaño.

Relaciones entre la longitud del pico y la latitud (A), la altura (B) y la temperatura (C)
Relaciones entre la longitud del pico y la latitud (A), la altura (B) y la temperatura (C)

En lo relativo a la relación con la temperatura, las relaciones no resultaron tan consistentes, pero se encontraron relaciones positivas (picos de mayor tamaño en zonas más cálidas) en las cacatúas australianas, los pingüinos, las galliformes canadienses y las gaviotas; en estos dos últimos grupos la relación fue especialmente clara (r2>0,5).

El análisis de los taxones por separado tiene la limitación de que en la zona en que se distribuyen las especies de cada taxón hay una un rango de temperaturas mucho más estrecho que el que hay en el conjunto del planeta, por lo que es perfectamente natural que en algunos casos no se detecten correlaciones significativas. Sin embargo, tomados los datos en conjunto y neutralizando el efecto de la filogenia (el parentesco) y la masa corporal, hay una fuerte correlación entre la longitud del pico y la latitud (negativa) y entre la longitud del pico y la temperatura ambiental (positiva).

Ese conjunto de resultados avalan la regla de Allen y constituyen un buen soporte a la idea de que la temperatura ambiental constituye una importante presión selectiva que ha actuado sobre el tamaño del pico. En climas cálidos picos de gran tamaño, como el del tucán, proporcionan un dispositivo de disipación de calor cuando las circunstancias así lo imponen, como cuando hay una mayor necesidad de disipar calor como consecuencia de una mayor actividad metabólica asociada al vuelo. Por el contrario, las temperaturas bajas parecen imponer severos límites al tamaño que puede alcanzar el pico de las aves. En palabras de los investigadores, tener un pico grande en un clima frío sería tan absurdo como poner un calefactor en medio de la calle. Un calefactor funcionando en la calle en una zona fría elevaría mucho la factura de la calefacción. Del mismo modo, el coste de la regulación térmica sería excesivo si el pico de las aves de zonas frías fuera de gran tamaño.

Fuente: Matthew R. E. Symond y Glenn J. Tattersall (2010): Geographical Variation in Bill Size across Bird Species Provides Evidence for Allen’s Rule The American Naturalist 176 (2): 188-197

Calamar gigante que ataca a un calamar de otra especie utilizado como cebo es izado a una embarcación de investigación oceanográfica en la Islas Ogasawara, sur de Tokyo; 4 de diciembre de 2006. (Foto: Tsunemi Kubodera, Japan's National Science Museum)
Calamar gigante que ha atacado a un calamar de otra especie utilizado como cebo y es izado a bordo de un buque oceanográfico en la Islas Ogasawara, sur de Tokyo; 4 de diciembre de 2006. (Foto: Tsunemi Kubodera, Japan’s National Science Museum)

Hace unas semanas me ocupé aquí de los ojos de los calamares gigantes. De acuerdo con la bibliografía relativa al tema, atribuía las grandes dimensiones de esos ojos a la capacidad para detectar las tenues señales lumínicas procedentes de animales con órganos bioluminiscentes que pudieran ser presas de los calamares o, quizás también, para detectar la presencia de miembros de la misma especie. Sin embargo, es posible que las cosas sean algo más complejas, y que más que detectar posibles presas, la función principal que cumplen esos ojos sea la de detectar posibles depredadores. Y se da la circunstancia de que el único animal que puede sumergirse tanto como para llegar a donde habitan el calamar gigante (Architeuthis sp.) y el calamar colosal (Mesonychoteuthis sp.) y que es capaz de darles caza, es el cachalote (Physeter macrocephalus).

El tamaño del ojo es un factor determinante de la visión. Cuanto más grande es, mayor es la pupila y mayor es la cantidad de luz que llega a los fotorreceptores; esto proporciona mayor sensibilidad y mayor resolución espacial, y de esa forma se pueden detectar mejor los contrastes. Pero es caro construir y mantener ojos de gran tamaño, y si se trata de una posible presa, pueden limitarle la capacidad de camuflaje. Por eso, el poseer unos ojos tan grandes tiene que proporcionar evidentes ventajas. Me estoy refiriendo, en este caso, a ojos con un diámetro de 27 cm, diámetro que es, al menos, tres veces mayor que el de cualquier otro animal.

La consideración anterior es la que ha conducido a un equipo internacional de investigadores a evaluar las presiones selectivas que han podido conducir a que los ojos de los calamares colosal y gigante alcancen los grandes tamaños que los caracterizan. Parten de la base de que si son las únicas especies que tienen ojos de ese tamaño es porque cumplen una función que sólo cumplen en esas dos especies. Y para ello, desarrollan una serie de expresiones matemáticas que relacionan el desempeño o rendimiento visual con el tamaño de los ojos para diferentes objetos y condiciones.

A partir de su análisis, llegan a la conclusión de que esos ojos tan grandes son especialmente buenos para detectar la aproximación de cachalotes, que son los únicos depredadores de los grandes calamares de las profundidades oscuras. Los objetos que pueden ser mejor detectados bajo el agua son o bien los que se mueven por encima del observador, de manera que se detecta su silueta contra la luz que pueda llegar de la superficie, o bien organismos bioluminiscentes. La primera posibilidad es característica de aguas no demasiado profundas, pero en profundidades abisales, los organismos bioluminiscentes son las principales, si no las únicas, fuentes de luz.

Por otra parte, sabemos que los objetos que se mueven en la columna de agua pueden provocar bioluminiscencia en los organismos que se encuentran en su entorno. La mayor parte del zooplancton de aguas profundas emite luz en respuesta al movimiento de grandes objetos en su proximidad. Cuando eso ocurre, un hipotético observador vería una silueta luminosa con la forma del objeto que se mueve, y cuya luz provendría de los organismos bioluminiscentes que se encuentran en su entorno inmediato. Ese posible observador podría ver la luz emitida por el conjunto de organismos bioluminiscentes, sin llegar a ver cada uno de los focos de dicha luz.

Como antes he apuntado, los únicos depredadores de los calamares gigantes y colosales son los cachalotes. Pues bien, si un cachalote nada hacia un calamar gigante para atraparlo, éste contará con una buena posibilidad de huir si es capaz de detectar su presencia a tiempo. Puesto que el cachalote, con su movimiento, provoca que muchos organismos que se va encontrando en el curso de su inmersión emitan luz, el calamar, gracias a los ojos de gran tamaño, está bien equipado para detectar su aproximación ya que recibe la luz procedente de los focos que constituyen los organismos que producen bioluminiscencia. Así, mientras que para detectar posibles presas o ejemplares de su misma especie los ojos de gran tamaño no le reportan demasiada ventaja, sí que se la dan para detectar al cachalote que se aproxima.

Según los modelos matemáticos de estos investigadores, los calamares gigante y colosal, gracias al gran diámetro de la pupila, podrían detectar la aproximación de grandes objetos a distancias de hasta 120 m. El sonar del cachalote tiene un rango de unos 200 m para organismos o estructuras blandas, sin esqueletos sólidos, y el calamar es sordo para las ondas de alta frecuencia que producen los cachalotes. Por eso, su única posibilidad de evadirse es verlo a tiempo. El tener unos ojos tan grandes sólo es posible si el cuerpo del calamar es grande también, como es el caso, y ese gran tamaño es, además, una ventaja para huir a toda velocidad. Por eso, es posible que el gigantismo de estos calamares sea el resultado de la presión ejercida también por los cachalotes. De ser correcta la propuesta de estos investigadores, entre unos y otros se ha desatado una espectacular carrera armamentística. Los cachalotes cuentan con su gran tamaño, sus dientes y su sónar, y los calamares de las profundidades con sus grandes tamaños, sus cuerpos blandos, y sus ojos.

Fuente: Dan-Eric Nilsson, Eric J. Warrant, Sönke Johnsen, Roger Hanlon y Nadav Shashar (2012): “A Unique Advantage for Giant Eyes in Giant Squid” Current Biology 22, 683–688

Pingüinos emperadores alimentando a los pollos (foto: Eva Kröcher; Wikimedia Commons)
Pingüinos emperadores alimentando a los pollos (foto: Eva Kröcher; Wikimedia Commons)

Aptenodytes forsteri es su nombre científico; pingüino emperador es su nombre común, y vive en la Antártida. No hay en el mundo ninguna otra ave que viva en un lugar tan frío. Quizás por ello sea tan asombrosa su vida.

El pingüino emperador sólo se alimenta en el mar. Al aproximarse el invierno, el pingüino macho sale del agua y se dirige, caminando sobre el mar helado, hasta la zona de cría, situada sobre hielo permanente a 50 o 100 km del agua. Allí le espera la hembra. Cuando llega el macho, la hembra pone un huevo, un único huevo y, tras pasarselo al macho, se dirige hacia el mar, en busca de alimento. El macho es, a partir de ese momento, el encargado de incubar el huevo, tarea que desarrollará de modo ininterrumpido durante más de dos meses.

Durante todo ese tiempo el pingüino no solamente no come, -recordemos que se encuentra a gran distancia del mar-, sino que además, en numerosas ocasiones la temperatura -durante el invierno antártico- cae hasta los 40 o 50 ºC bajo cero. Por si eso fuera poco, en la Antártida no son infrecuentes las tormentas de viento y nieve. Cuando finaliza el periodo de incubación y sale el pollo del huevo, llega la hembra de su estancia en el mar, y trae el estómago lleno de pescado para alimentarlo. Es en ese momento cuando llega para el pingüino macho el turno de volver al mar. Durante las semanas que siguen, y mientras la hembra alimenta al polluelo con el pescado que ha traído en su estómago, el macho se alimenta y repone sus reservas de energía, casi completamente exhaustas.

El comportamiento del pingüino macho es ciertamente asombroso. Permanecer en ayunas durante tres meses no es heroicidad pequeña para la mayor parte de los animales. Pero por si eso no fuera poco, mantiene su cuerpo a 38 ºC, mientras la temperatura ambiente no se eleva por encima de -20 ºC, llegando en numerosas ocasiones hasta -50 ºC. ¡La diferencia entre la temperatura exterior y la temperatura corporal nunca es inferior a los 60 ºC! Esto solo es posible gracias a las reservas de grasa que ha almacenado bajo la piel durante el tiempo que pasó alimentándose en el mar. Eso está claro, sí, pero las cuentas no salen.

Ciclo de vida del pingüino emperador (Imagen: Zina Deretsky, National Science Foundation)
Ciclo de vida del pingüino emperador (Imagen: Zina Deretsky, National Science Foundation)

El periodo de ayuno se puede prolongar alrededor de 100 días, y durante el mismo, el pingüino llega a perder un 40% de su masa. Para hacer cuentas, dos son las fuentes de gasto que se tienen que considerar. Está, por un lado, la energía que debe invertir en el largo viaje de ida y vuelta (entre 50 y 100 km para venir del mar y otro tanto para el regreso); y por el otro, está el combustible que necesita para mantener su cuerpo a 38 ºC durante el periodo de incubación.

Aptenodytes forsteri es un pingüino grande; es el más grande entre las diferentes especies de pingüino. Un ejemplar de 35 kg necesita un aporte de energía para el desplazamiento equivalente a 1’5 kg de grasa aproximadamente. Por otra parte, de acuerdo con los resultados obtenidos en experimentos realizados bajo condiciones controladas y a las temperaturas habituales en el invierno antártico, un pingüino macho perdería del orden 25 kg de grasa durante la incubación del huevo.

Por eso no salen las cuentas, porque la masa que pierde el pingüino durante el periodo de incubación es del orden de 12 o 13 kg, esto es, la mitad del valor estimado a partir de los resultados experimentales. Es evidente, por lo tanto, que no se han tenido en cuenta todos los elementos que intervienen en la ecuación. Y lo más probable es que los resultados del laboratorio no sean todo lo representativos de las condiciones naturales que debieran ser. Porque las determinaciones se realizaron de forma individual a unos cuantos pingüinos, pero cuando se encuentran en el invierno antártico, los pingüinos se juntan unos a otros, casi podría decirse que se amontonan. Si estuviesen solos, toda su superficie corporal se encontraría expuesta al frío glacial y a los vendavales, y por toda la superficie corporal perderían calor de forma intensa. Pero cuando incuban el huevo en la zona de cría se agrupan, se colocan unos al lado de los otros y durante la mayor parte del tiempo tan solo exponen una pequeña fracción de su superficie corporal al exterior. De esa forma pierden mucho menos calor que el estimado a partir de determinaciones de laboratorio. Y al perder menos calor, también es menos el que deben producir utilizando el combustible almacenado en forma de grasa. Así pues, gracias al agrupamiento llegan a gastar la mitad del combustible que, sin él, hubiesen necesitado.

La verdad es que son muchos los animales, -humanos incluidos-, que se agrupan para evitar perder calor, pero en el caso del pingüino emperador sin duda podemos afirmar que se trata de una cuestión de vida o muerte.

Érase un ave a un pico pegada,

érase un pico superlativo,

érase un pico sayón, altivo,

era una grande y colorida espada.

Era un reloj de sol desalineado,

érase una alquitara pensativa,

érase un elefante boca arriba,

érase mulo picón mal encarado.

Érase un espolón de una galera,

érase una pirámide de Egipto,

las doce Tribus de picos era.

Érase un piquísimo infinito,

tanto pico que, si de ave fiera,

en la cara de Anás sería delito.

Los lectores habrán reconocido el soneto satírico “A un hombre de gran nariz” que Quevedo dedicó, por lo que cuentan, a su coetáneo Luís de Góngora, por quien no parecía tener demasiadas simpatías (recuérdese también la “Aguja de navegar cultos”). Me he permitido la licencia de introducir mínimos cambios para que pico sustituya a nariz sin causar demasiado estropicio en rima y métrica. Y que me perdonen los puristas, si la licencia no es de su agrado. El texto de las dos versiones originales del poema puede consultarse aquí.

Hablamos del tucán, claro. Porque es un ave con un pico extraordinario,… por decirlo de alguna forma. Buffon, el gran naturalista, lo denominó apéndice monstruoso. Y Darwin pensaba que es el resultado de un fenómeno de selección sexual. Otros naturalistas han barajado otras hipótesis para dar cuenta de tan exagerado rasgo.

Tucán

G. J. Tattersall y colaboradores se han ocupado de estudiar la función del pico del tucán. De acuerdo con los datos publicados ese grupo, cumple una función importantísima en la termorregulación de estas especies de aves. Además, los investigadores sostienen que debe diferenciarse entre las presiones selectivas que han determinado las características morfológicas del órgano, de la función que de hecho cumple en la actualidad. En su trabajo se han limitado a valorar su función actual.

Como en el resto de animales homeotermos, los tucanes han de igualar sus pérdidas de calor con sus ganancias para mantener la temperatura corporal constante. Como hemos visto aquí ya en numerosas ocasiones, la ganancia de calor es la que resulta de la actividad metabólica; por lo tanto, cuando esa actividad es alta se produce más calor, por lo que también ha de disiparse más para mantener la temperatura constante. Por otro lado, la pérdida de calor puede producirse de formas diversas, pero siempre depende de la temperatura ambiental. Cuando es alta resulta más difícil disipar el calor, porque el gradiente térmico entre el exterior y el interior del organismo es menor.

La temperatura superficial del pico del tucán experimenta notables variaciones en respuesta a los cambios de la temperatura del medio externo. De hecho, la temperatura de la superficie del pico se eleva de forma considerable cuando la del medio externo sobrepasa los 21ºC. Esto quiere decir que mientras la temperatura exterior se mantiene en valores no demasiado altos, los tucanes disipan el calor a través de la superficie corporal, principalmente, pero si se eleva la temperatura ambiental, al limitarse la disipación por la superficie corporal, el pico pasa a ser un órgano relevante a estos efectos.

Por otra parte, además de la temperatura ambiental, el nivel de actividad de los tucanes es un condicionante importante de la pérdida de calor a través del pico. Al volar, la producción de calor se hace entre 10 y 12 veces más intensa que cuando se encuentran en reposo, por lo que su disipación ha de elevarse en proporción. También bajo esas condiciones pasa el pico a tener una importancia mayor como enclave para la disipación de calor.

Ahora bien, ¿cómo puede regular el tucán la cantidad de calor que disipa a través de la superficie del pico? La respuesta a esa cuestión es que esa regulación se efectúa mediante el control de la circulación sanguínea. El pico es un apéndice muy irrigado por capilares sanguíneos y los cambios de temperatura de su superficie dependen, precisamente, del grado de apertura de los capilares. El tucán ejerce (de modo inconsciente, claro está) un control estricto sobre esa circulación. Veamos una muestra: por debajo de una temperatura ambiental de 25ºC, la única zona del pico que pierde calor es la más próxima al cráneo, pero por encima de esos 25º C, el calor se disipa a través de toda la superficie, porque todos los capilares están abiertos y circula abundante sangre por ellos.

Son muchos los animales que regulan la pérdida de calor mediante el control de la circulación sanguínea. Ya nos ocupamos aquí de la “rete mirabile” de los atunes: gracias a esa “red maravillosa” pueden conservar parte del calor producido y mantener así un cierto control sobre la temperatura de su musculatura natatoria interna. También los elefantes regulan la pérdida de calor a través de sus orejas mediante el control de su circulación sanguínea.

Y sin necesidad de acudir a otras especies, los seres humanos también recurrimos al mismo procedimiento. Cuando hace frío restringimos la circulación subcutánea, la de los vasos sanguíneos más próximos a la superficie corporal, redirigiendo casi toda la sangre a través de los vasos dispuestos más internamente. Y lo contrario ocurre cuando hace calor. Prueba evidente de ello son los vasos que se encuentran cerca de la superficie: son mucho más visibles cuando hace calor.

Fuente: G. J. Tattersall, D. V. Andrade eta A. S. Abe (2009): “Heat exchange from the Toucan Bill Reveals a Controllable Vascular Thermal Radiator”. Science 325, 468 (DOI: 10.1126/science.1175553)

El gran tiburón blanco Foto:  Pterantula (Terry Goss) Wikimedia Commons
El gran tiburón blanco Foto: Pterantula (Terry Goss) Wikimedia Commons

Los tiburones blancos, al menos los machos, pueden llegar a alcanzar edades superiores a los 70 años. Las hembras, aunque de un tamaño mayor, no llegan a alcanzar esas edades; la más longeva de la que se tiene conocimiento es de 40 años. Esos son los principales resultados de un estudio realizado con ejemplares del tiburón blanco Carcharodon carcharias del Atlántico Noroccidental. El estudio es importante, porque según referencias anteriores, si bien relativas a tiburones blancos del Pacífico y del Índico, las mayores edades registradas eran de 23 años. Se trata de una diferencia muy grande, máxime si se tiene en cuenta que una buena determinación de la edad es necesaria para medir de forma correcta la tasa de crecimiento y ésta, a su vez, para obtener buenas estimaciones de producción y dinámica poblacional.

En muchas especies no es fácil determinar la edad de sus ejemplares. Cuando se trabaja con poblaciones y si se da la circunstancia de que los individuos de diferentes edades tienen tamaño suficientemente diferenciado del de los demás, se pueden caracterizar los diferentes grupos de edad o cohortes que forman la población. Para ello, se toman muestras de la misma y se miden o pesan todos los individuos de la muestra; lo más habitual es que esas dimensiones presenten una distribución polimodal tal que, aplicándole el correspondiente análisis estadístico, se puedan diferenciar las clases de edad y asignar a cada una de ellas su talla o peso medio y su desviación estándar. De ese modo, relacionando la talla media de cada cohorte con su correspondiente edad, se puede obtener la curva de crecimiento. Además, como se puede estimar el número de individuos pertenecientes a cada clase de edad, se puede obtener la curva de supervivencia de esa población y disponer así de los elementos para caracterizar la dinámica de la misma y su producción.

Otras veces se utilizan procedimientos que permiten estimar directamente la edad de individuos que se capturan. Para ello suelen usarse marcas que aparecen de forma regular en diferentes estructuras duras. Si, con un poco de suerte, esas marcas se forman con carácter anual o si, al menos, podemos conocer con precisión cuál es la frecuencia con que aparecen, la tarea no es demasiado difícil. Normalmente la frecuencia es anual, ya que la formación de la marca es el resultado de una ralentización o detención del crecimiento de carácter estacional, pero puede ser de dos marcas al año si hay dos épocas en que el crecimiento cesa. Ocurre, a veces, que si se trata de animales que crecen muy rápidamente, cualquier parón del crecimiento deja una marca, y entonces no sirven para estimar la edad.

Las estructuras duras que suelen utilizarse son las escamas o los otolitos, en el caso de los peces, ya que en ambas estructuras pueden quedar grabadas las marcas de crecimiento. O también, como ocurre en los bivalvos, la concha, ya que en la concha pueden formarse ese tipo de marcas. Los huesos de diferentes animales también presentan marcas.

Es el caso, precisamente, de los tiburones. La forma de conocer la edad de los tiburones blancos consiste en examinar las bandas que se forman en sus vértebras. Son bandas que alternan zonas oscuras y zonas claras; se forman dos bandas como consecuencia de un patrón estacional de crecimiento. Utilizando ese procedimiento se había estimado que Carcharodon carcharias podría llegar a vivir 30 años, al menos en los océanos Índico y Pacífico, como ya se ha señalado. La corrección o, mejor dicho, la nueva estimación se ha hecho a partir del análisis del 14C en los esqueletos de los tiburones. Antes de 1963, año en que se subscribió el tratado que prohibió las detonaciones en la atmósfera de bombas atómicas, habían sido centenares las que se hicieron explotar; por esa razón, la concentración de carbono radiactivo en los océanos antes de la prohibición era muy alta; tras la prohibición, esa concentración se redujo a la mitad. Dado que los seres vivos incorporan el C que hay en el medio en el que viven, los tiburones incorporaron antes de 1963 el doble de C radioactivo que el que incorporaron después. Así pues, con esa referencia temporal, ahora sabemos que los tiburones que presentan en algunas de las zonas de las vértebras altas concentraciones de marca radiactiva, tienen al menos 50 años y, además de esos, tienen los que resultan de contar el número de bandas, a razón de dos bandas por año, que se han formado en las vértebras antes de que cambiase la concentración del isótopo en el hueso. De esa forma es como se ha estimado que alguno de los tiburones blancos examinados había alcanzado los 73 años de edad.

Foto: Sharkdiver68 (Wikimedia Commons)
Foto: Sharkdiver68 (Wikimedia Commons)

No cabe descartar la posibilidad de que en unos mares los tiburones crezcan mucho más rápido que en otros. Quiere esto decir que las diferencias entre las edades máximas reportadas en los Océanos Índico o Pacífico y las del Atlántico Noroccidental podrían deberse a distintas longevidades y tasas de crecimiento (más bajas cuanto más longevos son los tiburones). Pero hay un dato que cuestiona esa posibilidad, y es que los investigadores descubrieron que las bandas se iban formando con frecuencia anual hasta la marca trigésima, y a partir de ahí no se distinguían. Eso es un fenómeno muy normal, ya que es habitual que los animales alcancen una talla por encima de la cual no crecen más. Es el caso de nuestra especie, por ejemplo. Y por ello, un tiburón que alcanza su talla máxima con 30 años puede seguir viviendo durante muchos más. Por esa razón es muy probable que en los océanos Índico y Pacífico, la estimación de edades máximas de 23 años obedezca a que por encima de esa edad dejan de formarse bandas en las vértebras.

En el caso que nos ocupa, los machos pueden alcanzar una edad de 73 años o quizás algo más, y una talla de 493 cm, y las hembras una edad de 40 años y una talla de 526 cm. Son, como pude comprobarse, verdaderos colosos del mar. Las implicaciones de diferentes estimaciones de la edad son importantes, porque no es lo mismo alcanzar esas tallas en 20 años que alcanzarlas en 30 años y que, además, luego sigan vivos durante otros cuarenta años más. Desde el punto de vista de la biología y producción de la poblaciones hay un mundo.

Fuente: Hamady L L, Natanson L J, Skomal G B, Thorrold S R (2014): “Vertebral Bomb Radiocarbon Suggests Extreme Longevity in White Sharks.” PLoS ONE 9 (1): e84006. doi:10.1371/journal.pone.0084006

Post scriptum: En este artículo se documenta un caso en el que la presencia relativa del isótopo radiactivo 14C ha servido para determinar con precisión la edad de unos animales. En un campo completamente distinto de este, la presencia del mismo isótopo, junto con el 10Be, en materiales de construcción de madera, puede servir para localizar en el tiempo eventos astronómicos. Si te interesa la astronomía y la historia del arte, quizás te interese esto.

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En el vídeo se puede ver uno de estos tiburones, aunque este, en particular, no es de los más grandes ni, por lo que se ve, de los más fieros:

Fotografía: Smithsonian Institution
Fotografía: Smithsonian Institution

Los ojos del calamar gigante son los más grandes del reino animal. A las zonas en que viven los calamares gigantes apenas llega luz, si es que llega algo. Los calamares son carnívoros, seguramente depredadores. Necesitan, por ello, un buen sistema para detectar a sus presas. Según los especialistas en biología de cefalópodos, esa es la razón por la que tienen esos ojos tan grandes, los de mayor tamaño en el reino animal.

Los ojos de los animales diurnos suelen ser, por regla general, pequeños. Los que viven de noche o en zonas de mínima radiación lumínica tienen, por el contrario, ojos grandes. No hay más que fijarse, como ejemplo, en el tamaño de los ojos de una lechuza y en el de los de un águila. Por otra parte, los animales que viven en las zonas donde no hay luz, como el interior de las cuevas, carecen de ojos u otro tipo de fotorreceptores; no los necesitan. No deja de ser, en cierto modo, paradójica esa transición desde un entorno con alta intensidad lumínica hasta otro con ninguna luz: los animales pasan de tener ojos pequeños a no tener ojos, aunque los que viven en zonas de penumbra o de poca luz los tienen de gran tamaño.

Para el calamar gigante Architeuthis, más importante que la luz que proviene de la superficie es la que emiten muchas de las especies que viven en los fondos abisales. Al fenómeno consistente en que los seres vivos produzcan luz se le denomina bioluminiscencia y se trata de una capacidad que han desarrollado numerosos animales de aguas profundas. Utilizan la luz para comunicarse y para atraer a la pareja reproductiva o a las presas cuando estas tienen capacidad de ver. Lo cierto es que, gracias a su gran tamaño, los ojos del calamar gigante pueden llegar a ver luces que se encuentran a considerable distancia y esa capacidad proporciona a estos animales un ventaja considerable allí abajo.

Los ojos de Architeuthis tienen un diámetro de 10 cm y el número de fotorreceptores que tienen es enorme. Son unos mil millones de fotorreceptores, ocho veces la cantidad que contienen los ojos humanos (los nuestros tienen 132 millones). Cada fotorreceptor recibe muy poca intensidad de luz, pero la que recibe cada uno de ellos se suma a la que reciben los de su entorno inmediato, y gracias a ello Architeuthis puede ver allí donde casi cualquier otro animal no ve absolutamente nada.

Fuente: Ángel Guerra Sierra y Ángel F. González González (2009): “¿Qué sabemos de? El calamar gigante” Libros de la catarata/CSIC, 116 pp.