Vulpes vulpes (Foto: Wikipedia)
Vulpes vulpes (Foto: Wikipedia)

Dimitry K. Belyaev fue un genetista ruso que no comulgaba con la doctrina genética de base lamarckiana, enunciada por Trofim Lysenko e impuesta por las autoridades comunistas, que dominó el panorama de las biociencias en la Unión Soviética durante las décadas centrales del pasado siglo. Por esa razón fue enviado a Siberia, a liderar la investigación en cría de animales peleteros. El experimento que empezó Belyaev en 1959, y que se prolongó durante 45 años (Belyaev murió en 1985 antes de finalizarlo), consistió en la obtención de una variedad domesticada de zorro plateado para su cría, con el fin de producir pieles de alto valor comercial. El experimento fue un éxito. Los zorros seleccionados por su mansedumbre no huyen de la gente, no la muerden y se comportan como si fuesen perros: gimotean, husmean y dan lametadas. Parecieran canes.

Pero además de esos rasgos de comportamiento perrunos, los zorros seleccionados por su docilidad se parecieron a los canes en rasgos de otra naturaleza: sus colas se rizaron, las orejas se volvieron flácidas, la piel se llenó de motas, las patas se acortaron, y los cráneos se ensancharon. Estos caracteres anatómicos no habían sido buscados y, sin embargo, aparecieron como si se encontrasen íntimamente ligados al rasgo etológico seleccionado, la mansedumbre.

Casi todos los animales salvajes son más mansos de jóvenes que de adultos. Esto parece lógico. Cuando no son más que crías, los animales dependen de sus progenitores para muchas cosas y muy especialmente, para defenderse, por lo que no necesitan exhibir actitudes agresivas. Solo cuando son adultos disponen tanto de medios como de razones para defenderse. La pérdida de la mansedumbre, se produce en los zorros salvajes entre el segundo y el cuarto mes de vida, y viene mediada por una elevación del nivel de corticosteroides en la sangre. Los corticosteroides son hormonas asociadas al estrés. Se trata de un hecho predeterminado de forma genética. No tendría sentido que un animal esperase a desarrollar su comportamiento “salvaje” sólo hasta haber sufrido una experiencia desagradable con un depredador o un posible competidor agresivo. Lo lógico es que se encuentre preparado para cuando eso pueda pasar, pues de lo contrario, bien podría ocurrir que ya no tuviera ocasión de hacerlo nunca. Y esa es la razón por la que la emergencia del comportamiento agresivo está programada genéticamente.

La selección de individuos más mansos se basa en el hecho de que unos zorros y otros varían en lo relativo al momento en que se produce la elevación de los niveles hormonales, y en que esa variación es heredable. Así, lo que hacía el equipo de Belyaev era seleccionar los individuos en los que el cambio hormonal se producía más tarde, esto es, los que tenían un periodo infantil más prolongado. Pero como sabemos del funcionamiento de las hormonas, son varios los rasgos que se ven afectados por un mismo sistema endocrino. Así, en el caso que nos ocupa, el que se seleccionasen otros rasgos, además de la mansedumbre, evidentemente indica que las mismas señales hormonales que median la pérdida de la docilidad, median también los cambios anatómicos que se producen en el desarrollo de los zorros y, como veremos, de otros mamíferos. Esto es, si los corticosteroides son los responsables de la aparición del comportamiento “salvaje”, parece que también lo son de la pérdida de los otros caracteres infantiles o juveniles.

Lo curioso es que este fenómeno tiene carácter general. Todos los animales domésticos, incluidos gatos, perros, ganado, caballos, cerdos y cobayas tienden a compartir una serie de rasgos. De hecho, Darwin se había percatado de ello y, en el primer capítulo de “El origen de las especies”, llegó a escribir lo siguiente: “No puede citarse un animal doméstico que no tenga en algún país las orejas caídas…”. Entre los animales salvajes, la mayor parte de las crías tienen orejas caídas, mientras que entre los adultos, sólo el elefante las tiene. Este conjunto de observaciones indica que todos nuestros animales domésticos han adquirido la docilidad reteniendo caracteres juveniles, del mismo modo a como lo hicieron los zorros plateados en el experimento de Belyaev.

Según un amplio análisis del tamaño de los picos de las aves, las de zonas cálidas tienden a tener picos de mayor tamaño que las de zonas frías.

Pingüino emperador, un ave con un pico muy pequeño (Wikipedia)
Pingüino emperador, un ave con un pico muy pequeño (Wikipedia)

Hasta hace poco tiempo, la variabilidad en la forma y tamaño de los picos de las aves se había interpretado de acuerdo, principalmente, con la función que cumplen en la alimentación. A ese respecto, son especialmente populares los picos de los pinzones de Darwin. Y tampoco cabe descartar su posible papel en procesos de selección sexual. Pero como vimos aquí en relación con el pico del tucán, también sabemos que es un órgano importante como vía de disipación del calor corporal; el pico del tucán Ramphastos toco disipa entre el 30% y el 60% del calor corporal, dependiendo de sus necesidades, y lo hace controlando el flujo de sangre que circula por los vasos más próximos a la superficie del pico.

Las aves, como es bien sabido, son animales endotermos –su calor corporal tiene origen en su propio metabolismo-, y en esas especies las zonas que no se aíslan son ventanas térmicas al exterior. Por ello, el tamaño de esas ventanas puede ser objeto de presiones selectivas ligadas al factor térmico ambiental. Por otro lado, hace más de un siglo (Allen, 1877) se enunció un principio que desde entonces se ha conocido como regla de Allen, según la cual, las especies de climas fríos tienden a tener extremidades de menor tamaño que las de las especies de clima cálido. Y aunque ha habido varias observaciones que han dado respaldo a esa regla, hay muy pocos estudios comparativos que hayan permitido respaldar la validez de la regla con ciertas garantías. Por esa razón, unos investigadores se han propuesto someter a contraste la citada regla, y lo han hecho mediante análisis filogenéticos comparativos de las longitudes de los picos de 214 especies de aves de ocho taxones -o grupos- diferentes, en biomas térmicos distintos y en muy diferentes localidades. Las razones por las que escogieron los taxones estudiados las dan los autores en su trabajo original.

Imágenes térmicas (infrarrojo) de los picos de algunas aves. A, Rhea americana; B, Anser anser; C, Aburria jacutinga; D, Sarcoramphus papa; E, Sula leucogaster; F, Archilochus colubris; G, Ara rubrogenys; H, Anodorhynchus hyacinthinus; I, Ramphastos toco; J, Pteroglossus bailloni. En todos los casos la diferencia entre la temperatura del pico y la temperatura ambiental es bastante mayor que 0, lo que es buena muestra del potencial de pérdida de calor a traves de la superficie de esa estructura.
Imágenes térmicas (infrarrojo) de los picos de algunas aves. A, Rhea americana; B, Anser anser; C, Aburria jacutinga; D, Sarcoramphus papa; E, Sula leucogaster; F, Archilochus colubris; G, Ara rubrogenys; H, Anodorhynchus hyacinthinus; I, Ramphastos toco; J, Pteroglossus bailloni. En todos los casos la diferencia entre la temperatura del pico y la temperatura ambiental es bastante mayor que 0, lo que es buena muestra del potencial de pérdida de calor a traves de la superficie de esa estructura.

Considerados los taxones por separado, en seis de ellos hay correlación negativa significativa entre la longitud del pico y o bien la latitud o bien la altura sobre el nivel del mar. En promedio, el pico de galliformes canadienses, pingüinos (Spheniscidae), gaviotas (Laridae) y charranes (Sternidae) es más pequeño en las especies ubicadas más al norte. En loros y cacatúas (Psittaciformes) australianos la relación era casi significativa (p = 0,51). Y no parece haber relación entre longitud del pico y latitud en estríldidos o pinzones tejedores, barbudos africanos (Lybiidae) y tucanes (Ramphastidae), aunque en estas dos últimas familias, las especies de latitudes más altas tienen picos de menor tamaño.

Relaciones entre la longitud del pico y la latitud (A), la altura (B) y la temperatura (C)
Relaciones entre la longitud del pico y la latitud (A), la altura (B) y la temperatura (C)

En lo relativo a la relación con la temperatura, las relaciones no resultaron tan consistentes, pero se encontraron relaciones positivas (picos de mayor tamaño en zonas más cálidas) en las cacatúas australianas, los pingüinos, las galliformes canadienses y las gaviotas; en estos dos últimos grupos la relación fue especialmente clara (r2>0,5).

El análisis de los taxones por separado tiene la limitación de que en la zona en que se distribuyen las especies de cada taxón hay una un rango de temperaturas mucho más estrecho que el que hay en el conjunto del planeta, por lo que es perfectamente natural que en algunos casos no se detecten correlaciones significativas. Sin embargo, tomados los datos en conjunto y neutralizando el efecto de la filogenia (el parentesco) y la masa corporal, hay una fuerte correlación entre la longitud del pico y la latitud (negativa) y entre la longitud del pico y la temperatura ambiental (positiva).

Ese conjunto de resultados avalan la regla de Allen y constituyen un buen soporte a la idea de que la temperatura ambiental constituye una importante presión selectiva que ha actuado sobre el tamaño del pico. En climas cálidos picos de gran tamaño, como el del tucán, proporcionan un dispositivo de disipación de calor cuando las circunstancias así lo imponen, como cuando hay una mayor necesidad de disipar calor como consecuencia de una mayor actividad metabólica asociada al vuelo. Por el contrario, las temperaturas bajas parecen imponer severos límites al tamaño que puede alcanzar el pico de las aves. En palabras de los investigadores, tener un pico grande en un clima frío sería tan absurdo como poner un calefactor en medio de la calle. Un calefactor funcionando en la calle en una zona fría elevaría mucho la factura de la calefacción. Del mismo modo, el coste de la regulación térmica sería excesivo si el pico de las aves de zonas frías fuera de gran tamaño.

Fuente: Matthew R. E. Symond y Glenn J. Tattersall (2010): Geographical Variation in Bill Size across Bird Species Provides Evidence for Allen’s Rule The American Naturalist 176 (2): 188-197

Calamar gigante que ataca a un calamar de otra especie utilizado como cebo es izado a una embarcación de investigación oceanográfica en la Islas Ogasawara, sur de Tokyo; 4 de diciembre de 2006. (Foto: Tsunemi Kubodera, Japan's National Science Museum)
Calamar gigante que ha atacado a un calamar de otra especie utilizado como cebo y es izado a bordo de un buque oceanográfico en la Islas Ogasawara, sur de Tokyo; 4 de diciembre de 2006. (Foto: Tsunemi Kubodera, Japan’s National Science Museum)

Hace unas semanas me ocupé aquí de los ojos de los calamares gigantes. De acuerdo con la bibliografía relativa al tema, atribuía las grandes dimensiones de esos ojos a la capacidad para detectar las tenues señales lumínicas procedentes de animales con órganos bioluminiscentes que pudieran ser presas de los calamares o, quizás también, para detectar la presencia de miembros de la misma especie. Sin embargo, es posible que las cosas sean algo más complejas, y que más que detectar posibles presas, la función principal que cumplen esos ojos sea la de detectar posibles depredadores. Y se da la circunstancia de que el único animal que puede sumergirse tanto como para llegar a donde habitan el calamar gigante (Architeuthis sp.) y el calamar colosal (Mesonychoteuthis sp.) y que es capaz de darles caza, es el cachalote (Physeter macrocephalus).

El tamaño del ojo es un factor determinante de la visión. Cuanto más grande es, mayor es la pupila y mayor es la cantidad de luz que llega a los fotorreceptores; esto proporciona mayor sensibilidad y mayor resolución espacial, y de esa forma se pueden detectar mejor los contrastes. Pero es caro construir y mantener ojos de gran tamaño, y si se trata de una posible presa, pueden limitarle la capacidad de camuflaje. Por eso, el poseer unos ojos tan grandes tiene que proporcionar evidentes ventajas. Me estoy refiriendo, en este caso, a ojos con un diámetro de 27 cm, diámetro que es, al menos, tres veces mayor que el de cualquier otro animal.

La consideración anterior es la que ha conducido a un equipo internacional de investigadores a evaluar las presiones selectivas que han podido conducir a que los ojos de los calamares colosal y gigante alcancen los grandes tamaños que los caracterizan. Parten de la base de que si son las únicas especies que tienen ojos de ese tamaño es porque cumplen una función que sólo cumplen en esas dos especies. Y para ello, desarrollan una serie de expresiones matemáticas que relacionan el desempeño o rendimiento visual con el tamaño de los ojos para diferentes objetos y condiciones.

A partir de su análisis, llegan a la conclusión de que esos ojos tan grandes son especialmente buenos para detectar la aproximación de cachalotes, que son los únicos depredadores de los grandes calamares de las profundidades oscuras. Los objetos que pueden ser mejor detectados bajo el agua son o bien los que se mueven por encima del observador, de manera que se detecta su silueta contra la luz que pueda llegar de la superficie, o bien organismos bioluminiscentes. La primera posibilidad es característica de aguas no demasiado profundas, pero en profundidades abisales, los organismos bioluminiscentes son las principales, si no las únicas, fuentes de luz.

Por otra parte, sabemos que los objetos que se mueven en la columna de agua pueden provocar bioluminiscencia en los organismos que se encuentran en su entorno. La mayor parte del zooplancton de aguas profundas emite luz en respuesta al movimiento de grandes objetos en su proximidad. Cuando eso ocurre, un hipotético observador vería una silueta luminosa con la forma del objeto que se mueve, y cuya luz provendría de los organismos bioluminiscentes que se encuentran en su entorno inmediato. Ese posible observador podría ver la luz emitida por el conjunto de organismos bioluminiscentes, sin llegar a ver cada uno de los focos de dicha luz.

Como antes he apuntado, los únicos depredadores de los calamares gigantes y colosales son los cachalotes. Pues bien, si un cachalote nada hacia un calamar gigante para atraparlo, éste contará con una buena posibilidad de huir si es capaz de detectar su presencia a tiempo. Puesto que el cachalote, con su movimiento, provoca que muchos organismos que se va encontrando en el curso de su inmersión emitan luz, el calamar, gracias a los ojos de gran tamaño, está bien equipado para detectar su aproximación ya que recibe la luz procedente de los focos que constituyen los organismos que producen bioluminiscencia. Así, mientras que para detectar posibles presas o ejemplares de su misma especie los ojos de gran tamaño no le reportan demasiada ventaja, sí que se la dan para detectar al cachalote que se aproxima.

Según los modelos matemáticos de estos investigadores, los calamares gigante y colosal, gracias al gran diámetro de la pupila, podrían detectar la aproximación de grandes objetos a distancias de hasta 120 m. El sonar del cachalote tiene un rango de unos 200 m para organismos o estructuras blandas, sin esqueletos sólidos, y el calamar es sordo para las ondas de alta frecuencia que producen los cachalotes. Por eso, su única posibilidad de evadirse es verlo a tiempo. El tener unos ojos tan grandes sólo es posible si el cuerpo del calamar es grande también, como es el caso, y ese gran tamaño es, además, una ventaja para huir a toda velocidad. Por eso, es posible que el gigantismo de estos calamares sea el resultado de la presión ejercida también por los cachalotes. De ser correcta la propuesta de estos investigadores, entre unos y otros se ha desatado una espectacular carrera armamentística. Los cachalotes cuentan con su gran tamaño, sus dientes y su sónar, y los calamares de las profundidades con sus grandes tamaños, sus cuerpos blandos, y sus ojos.

Fuente: Dan-Eric Nilsson, Eric J. Warrant, Sönke Johnsen, Roger Hanlon y Nadav Shashar (2012): “A Unique Advantage for Giant Eyes in Giant Squid” Current Biology 22, 683–688

Pingüinos emperadores alimentando a los pollos (foto: Eva Kröcher; Wikimedia Commons)
Pingüinos emperadores alimentando a los pollos (foto: Eva Kröcher; Wikimedia Commons)

Aptenodytes forsteri es su nombre científico; pingüino emperador es su nombre común, y vive en la Antártida. No hay en el mundo ninguna otra ave que viva en un lugar tan frío. Quizás por ello sea tan asombrosa su vida.

El pingüino emperador sólo se alimenta en el mar. Al aproximarse el invierno, el pingüino macho sale del agua y se dirige, caminando sobre el mar helado, hasta la zona de cría, situada sobre hielo permanente a 50 o 100 km del agua. Allí le espera la hembra. Cuando llega el macho, la hembra pone un huevo, un único huevo y, tras pasarselo al macho, se dirige hacia el mar, en busca de alimento. El macho es, a partir de ese momento, el encargado de incubar el huevo, tarea que desarrollará de modo ininterrumpido durante más de dos meses.

Durante todo ese tiempo el pingüino no solamente no come, -recordemos que se encuentra a gran distancia del mar-, sino que además, en numerosas ocasiones la temperatura -durante el invierno antártico- cae hasta los 40 o 50 ºC bajo cero. Por si eso fuera poco, en la Antártida no son infrecuentes las tormentas de viento y nieve. Cuando finaliza el periodo de incubación y sale el pollo del huevo, llega la hembra de su estancia en el mar, y trae el estómago lleno de pescado para alimentarlo. Es en ese momento cuando llega para el pingüino macho el turno de volver al mar. Durante las semanas que siguen, y mientras la hembra alimenta al polluelo con el pescado que ha traído en su estómago, el macho se alimenta y repone sus reservas de energía, casi completamente exhaustas.

El comportamiento del pingüino macho es ciertamente asombroso. Permanecer en ayunas durante tres meses no es heroicidad pequeña para la mayor parte de los animales. Pero por si eso no fuera poco, mantiene su cuerpo a 38 ºC, mientras la temperatura ambiente no se eleva por encima de -20 ºC, llegando en numerosas ocasiones hasta -50 ºC. ¡La diferencia entre la temperatura exterior y la temperatura corporal nunca es inferior a los 60 ºC! Esto solo es posible gracias a las reservas de grasa que ha almacenado bajo la piel durante el tiempo que pasó alimentándose en el mar. Eso está claro, sí, pero las cuentas no salen.

Ciclo de vida del pingüino emperador (Imagen: Zina Deretsky, National Science Foundation)
Ciclo de vida del pingüino emperador (Imagen: Zina Deretsky, National Science Foundation)

El periodo de ayuno se puede prolongar alrededor de 100 días, y durante el mismo, el pingüino llega a perder un 40% de su masa. Para hacer cuentas, dos son las fuentes de gasto que se tienen que considerar. Está, por un lado, la energía que debe invertir en el largo viaje de ida y vuelta (entre 50 y 100 km para venir del mar y otro tanto para el regreso); y por el otro, está el combustible que necesita para mantener su cuerpo a 38 ºC durante el periodo de incubación.

Aptenodytes forsteri es un pingüino grande; es el más grande entre las diferentes especies de pingüino. Un ejemplar de 35 kg necesita un aporte de energía para el desplazamiento equivalente a 1’5 kg de grasa aproximadamente. Por otra parte, de acuerdo con los resultados obtenidos en experimentos realizados bajo condiciones controladas y a las temperaturas habituales en el invierno antártico, un pingüino macho perdería del orden 25 kg de grasa durante la incubación del huevo.

Por eso no salen las cuentas, porque la masa que pierde el pingüino durante el periodo de incubación es del orden de 12 o 13 kg, esto es, la mitad del valor estimado a partir de los resultados experimentales. Es evidente, por lo tanto, que no se han tenido en cuenta todos los elementos que intervienen en la ecuación. Y lo más probable es que los resultados del laboratorio no sean todo lo representativos de las condiciones naturales que debieran ser. Porque las determinaciones se realizaron de forma individual a unos cuantos pingüinos, pero cuando se encuentran en el invierno antártico, los pingüinos se juntan unos a otros, casi podría decirse que se amontonan. Si estuviesen solos, toda su superficie corporal se encontraría expuesta al frío glacial y a los vendavales, y por toda la superficie corporal perderían calor de forma intensa. Pero cuando incuban el huevo en la zona de cría se agrupan, se colocan unos al lado de los otros y durante la mayor parte del tiempo tan solo exponen una pequeña fracción de su superficie corporal al exterior. De esa forma pierden mucho menos calor que el estimado a partir de determinaciones de laboratorio. Y al perder menos calor, también es menos el que deben producir utilizando el combustible almacenado en forma de grasa. Así pues, gracias al agrupamiento llegan a gastar la mitad del combustible que, sin él, hubiesen necesitado.

La verdad es que son muchos los animales, -humanos incluidos-, que se agrupan para evitar perder calor, pero en el caso del pingüino emperador sin duda podemos afirmar que se trata de una cuestión de vida o muerte.

Érase un ave a un pico pegada,

érase un pico superlativo,

érase un pico sayón, altivo,

era una grande y colorida espada.

Era un reloj de sol desalineado,

érase una alquitara pensativa,

érase un elefante boca arriba,

érase mulo picón mal encarado.

Érase un espolón de una galera,

érase una pirámide de Egipto,

las doce Tribus de picos era.

Érase un piquísimo infinito,

tanto pico que, si de ave fiera,

en la cara de Anás sería delito.

Los lectores habrán reconocido el soneto satírico “A un hombre de gran nariz” que Quevedo dedicó, por lo que cuentan, a su coetáneo Luís de Góngora, por quien no parecía tener demasiadas simpatías (recuérdese también la “Aguja de navegar cultos”). Me he permitido la licencia de introducir mínimos cambios para que pico sustituya a nariz sin causar demasiado estropicio en rima y métrica. Y que me perdonen los puristas, si la licencia no es de su agrado. El texto de las dos versiones originales del poema puede consultarse aquí.

Hablamos del tucán, claro. Porque es un ave con un pico extraordinario,… por decirlo de alguna forma. Buffon, el gran naturalista, lo denominó apéndice monstruoso. Y Darwin pensaba que es el resultado de un fenómeno de selección sexual. Otros naturalistas han barajado otras hipótesis para dar cuenta de tan exagerado rasgo.

Tucán

G. J. Tattersall y colaboradores se han ocupado de estudiar la función del pico del tucán. De acuerdo con los datos publicados ese grupo, cumple una función importantísima en la termorregulación de estas especies de aves. Además, los investigadores sostienen que debe diferenciarse entre las presiones selectivas que han determinado las características morfológicas del órgano, de la función que de hecho cumple en la actualidad. En su trabajo se han limitado a valorar su función actual.

Como en el resto de animales homeotermos, los tucanes han de igualar sus pérdidas de calor con sus ganancias para mantener la temperatura corporal constante. Como hemos visto aquí ya en numerosas ocasiones, la ganancia de calor es la que resulta de la actividad metabólica; por lo tanto, cuando esa actividad es alta se produce más calor, por lo que también ha de disiparse más para mantener la temperatura constante. Por otro lado, la pérdida de calor puede producirse de formas diversas, pero siempre depende de la temperatura ambiental. Cuando es alta resulta más difícil disipar el calor, porque el gradiente térmico entre el exterior y el interior del organismo es menor.

La temperatura superficial del pico del tucán experimenta notables variaciones en respuesta a los cambios de la temperatura del medio externo. De hecho, la temperatura de la superficie del pico se eleva de forma considerable cuando la del medio externo sobrepasa los 21ºC. Esto quiere decir que mientras la temperatura exterior se mantiene en valores no demasiado altos, los tucanes disipan el calor a través de la superficie corporal, principalmente, pero si se eleva la temperatura ambiental, al limitarse la disipación por la superficie corporal, el pico pasa a ser un órgano relevante a estos efectos.

Por otra parte, además de la temperatura ambiental, el nivel de actividad de los tucanes es un condicionante importante de la pérdida de calor a través del pico. Al volar, la producción de calor se hace entre 10 y 12 veces más intensa que cuando se encuentran en reposo, por lo que su disipación ha de elevarse en proporción. También bajo esas condiciones pasa el pico a tener una importancia mayor como enclave para la disipación de calor.

Ahora bien, ¿cómo puede regular el tucán la cantidad de calor que disipa a través de la superficie del pico? La respuesta a esa cuestión es que esa regulación se efectúa mediante el control de la circulación sanguínea. El pico es un apéndice muy irrigado por capilares sanguíneos y los cambios de temperatura de su superficie dependen, precisamente, del grado de apertura de los capilares. El tucán ejerce (de modo inconsciente, claro está) un control estricto sobre esa circulación. Veamos una muestra: por debajo de una temperatura ambiental de 25ºC, la única zona del pico que pierde calor es la más próxima al cráneo, pero por encima de esos 25º C, el calor se disipa a través de toda la superficie, porque todos los capilares están abiertos y circula abundante sangre por ellos.

Son muchos los animales que regulan la pérdida de calor mediante el control de la circulación sanguínea. Ya nos ocupamos aquí de la “rete mirabile” de los atunes: gracias a esa “red maravillosa” pueden conservar parte del calor producido y mantener así un cierto control sobre la temperatura de su musculatura natatoria interna. También los elefantes regulan la pérdida de calor a través de sus orejas mediante el control de su circulación sanguínea.

Y sin necesidad de acudir a otras especies, los seres humanos también recurrimos al mismo procedimiento. Cuando hace frío restringimos la circulación subcutánea, la de los vasos sanguíneos más próximos a la superficie corporal, redirigiendo casi toda la sangre a través de los vasos dispuestos más internamente. Y lo contrario ocurre cuando hace calor. Prueba evidente de ello son los vasos que se encuentran cerca de la superficie: son mucho más visibles cuando hace calor.

Fuente: G. J. Tattersall, D. V. Andrade eta A. S. Abe (2009): “Heat exchange from the Toucan Bill Reveals a Controllable Vascular Thermal Radiator”. Science 325, 468 (DOI: 10.1126/science.1175553)

El gran tiburón blanco Foto:  Pterantula (Terry Goss) Wikimedia Commons
El gran tiburón blanco Foto: Pterantula (Terry Goss) Wikimedia Commons

Los tiburones blancos, al menos los machos, pueden llegar a alcanzar edades superiores a los 70 años. Las hembras, aunque de un tamaño mayor, no llegan a alcanzar esas edades; la más longeva de la que se tiene conocimiento es de 40 años. Esos son los principales resultados de un estudio realizado con ejemplares del tiburón blanco Carcharodon carcharias del Atlántico Noroccidental. El estudio es importante, porque según referencias anteriores, si bien relativas a tiburones blancos del Pacífico y del Índico, las mayores edades registradas eran de 23 años. Se trata de una diferencia muy grande, máxime si se tiene en cuenta que una buena determinación de la edad es necesaria para medir de forma correcta la tasa de crecimiento y ésta, a su vez, para obtener buenas estimaciones de producción y dinámica poblacional.

En muchas especies no es fácil determinar la edad de sus ejemplares. Cuando se trabaja con poblaciones y si se da la circunstancia de que los individuos de diferentes edades tienen tamaño suficientemente diferenciado del de los demás, se pueden caracterizar los diferentes grupos de edad o cohortes que forman la población. Para ello, se toman muestras de la misma y se miden o pesan todos los individuos de la muestra; lo más habitual es que esas dimensiones presenten una distribución polimodal tal que, aplicándole el correspondiente análisis estadístico, se puedan diferenciar las clases de edad y asignar a cada una de ellas su talla o peso medio y su desviación estándar. De ese modo, relacionando la talla media de cada cohorte con su correspondiente edad, se puede obtener la curva de crecimiento. Además, como se puede estimar el número de individuos pertenecientes a cada clase de edad, se puede obtener la curva de supervivencia de esa población y disponer así de los elementos para caracterizar la dinámica de la misma y su producción.

Otras veces se utilizan procedimientos que permiten estimar directamente la edad de individuos que se capturan. Para ello suelen usarse marcas que aparecen de forma regular en diferentes estructuras duras. Si, con un poco de suerte, esas marcas se forman con carácter anual o si, al menos, podemos conocer con precisión cuál es la frecuencia con que aparecen, la tarea no es demasiado difícil. Normalmente la frecuencia es anual, ya que la formación de la marca es el resultado de una ralentización o detención del crecimiento de carácter estacional, pero puede ser de dos marcas al año si hay dos épocas en que el crecimiento cesa. Ocurre, a veces, que si se trata de animales que crecen muy rápidamente, cualquier parón del crecimiento deja una marca, y entonces no sirven para estimar la edad.

Las estructuras duras que suelen utilizarse son las escamas o los otolitos, en el caso de los peces, ya que en ambas estructuras pueden quedar grabadas las marcas de crecimiento. O también, como ocurre en los bivalvos, la concha, ya que en la concha pueden formarse ese tipo de marcas. Los huesos de diferentes animales también presentan marcas.

Es el caso, precisamente, de los tiburones. La forma de conocer la edad de los tiburones blancos consiste en examinar las bandas que se forman en sus vértebras. Son bandas que alternan zonas oscuras y zonas claras; se forman dos bandas como consecuencia de un patrón estacional de crecimiento. Utilizando ese procedimiento se había estimado que Carcharodon carcharias podría llegar a vivir 30 años, al menos en los océanos Índico y Pacífico, como ya se ha señalado. La corrección o, mejor dicho, la nueva estimación se ha hecho a partir del análisis del 14C en los esqueletos de los tiburones. Antes de 1963, año en que se subscribió el tratado que prohibió las detonaciones en la atmósfera de bombas atómicas, habían sido centenares las que se hicieron explotar; por esa razón, la concentración de carbono radiactivo en los océanos antes de la prohibición era muy alta; tras la prohibición, esa concentración se redujo a la mitad. Dado que los seres vivos incorporan el C que hay en el medio en el que viven, los tiburones incorporaron antes de 1963 el doble de C radioactivo que el que incorporaron después. Así pues, con esa referencia temporal, ahora sabemos que los tiburones que presentan en algunas de las zonas de las vértebras altas concentraciones de marca radiactiva, tienen al menos 50 años y, además de esos, tienen los que resultan de contar el número de bandas, a razón de dos bandas por año, que se han formado en las vértebras antes de que cambiase la concentración del isótopo en el hueso. De esa forma es como se ha estimado que alguno de los tiburones blancos examinados había alcanzado los 73 años de edad.

Foto: Sharkdiver68 (Wikimedia Commons)
Foto: Sharkdiver68 (Wikimedia Commons)

No cabe descartar la posibilidad de que en unos mares los tiburones crezcan mucho más rápido que en otros. Quiere esto decir que las diferencias entre las edades máximas reportadas en los Océanos Índico o Pacífico y las del Atlántico Noroccidental podrían deberse a distintas longevidades y tasas de crecimiento (más bajas cuanto más longevos son los tiburones). Pero hay un dato que cuestiona esa posibilidad, y es que los investigadores descubrieron que las bandas se iban formando con frecuencia anual hasta la marca trigésima, y a partir de ahí no se distinguían. Eso es un fenómeno muy normal, ya que es habitual que los animales alcancen una talla por encima de la cual no crecen más. Es el caso de nuestra especie, por ejemplo. Y por ello, un tiburón que alcanza su talla máxima con 30 años puede seguir viviendo durante muchos más. Por esa razón es muy probable que en los océanos Índico y Pacífico, la estimación de edades máximas de 23 años obedezca a que por encima de esa edad dejan de formarse bandas en las vértebras.

En el caso que nos ocupa, los machos pueden alcanzar una edad de 73 años o quizás algo más, y una talla de 493 cm, y las hembras una edad de 40 años y una talla de 526 cm. Son, como pude comprobarse, verdaderos colosos del mar. Las implicaciones de diferentes estimaciones de la edad son importantes, porque no es lo mismo alcanzar esas tallas en 20 años que alcanzarlas en 30 años y que, además, luego sigan vivos durante otros cuarenta años más. Desde el punto de vista de la biología y producción de la poblaciones hay un mundo.

Fuente: Hamady L L, Natanson L J, Skomal G B, Thorrold S R (2014): “Vertebral Bomb Radiocarbon Suggests Extreme Longevity in White Sharks.” PLoS ONE 9 (1): e84006. doi:10.1371/journal.pone.0084006

Post scriptum: En este artículo se documenta un caso en el que la presencia relativa del isótopo radiactivo 14C ha servido para determinar con precisión la edad de unos animales. En un campo completamente distinto de este, la presencia del mismo isótopo, junto con el 10Be, en materiales de construcción de madera, puede servir para localizar en el tiempo eventos astronómicos. Si te interesa la astronomía y la historia del arte, quizás te interese esto.

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En el vídeo se puede ver uno de estos tiburones, aunque este, en particular, no es de los más grandes ni, por lo que se ve, de los más fieros:

Fotografía: Smithsonian Institution
Fotografía: Smithsonian Institution

Los ojos del calamar gigante son los más grandes del reino animal. A las zonas en que viven los calamares gigantes apenas llega luz, si es que llega algo. Los calamares son carnívoros, seguramente depredadores. Necesitan, por ello, un buen sistema para detectar a sus presas. Según los especialistas en biología de cefalópodos, esa es la razón por la que tienen esos ojos tan grandes, los de mayor tamaño en el reino animal.

Los ojos de los animales diurnos suelen ser, por regla general, pequeños. Los que viven de noche o en zonas de mínima radiación lumínica tienen, por el contrario, ojos grandes. No hay más que fijarse, como ejemplo, en el tamaño de los ojos de una lechuza y en el de los de un águila. Por otra parte, los animales que viven en las zonas donde no hay luz, como el interior de las cuevas, carecen de ojos u otro tipo de fotorreceptores; no los necesitan. No deja de ser, en cierto modo, paradójica esa transición desde un entorno con alta intensidad lumínica hasta otro con ninguna luz: los animales pasan de tener ojos pequeños a no tener ojos, aunque los que viven en zonas de penumbra o de poca luz los tienen de gran tamaño.

Para el calamar gigante Architeuthis, más importante que la luz que proviene de la superficie es la que emiten muchas de las especies que viven en los fondos abisales. Al fenómeno consistente en que los seres vivos produzcan luz se le denomina bioluminiscencia y se trata de una capacidad que han desarrollado numerosos animales de aguas profundas. Utilizan la luz para comunicarse y para atraer a la pareja reproductiva o a las presas cuando estas tienen capacidad de ver. Lo cierto es que, gracias a su gran tamaño, los ojos del calamar gigante pueden llegar a ver luces que se encuentran a considerable distancia y esa capacidad proporciona a estos animales un ventaja considerable allí abajo.

Los ojos de Architeuthis tienen un diámetro de 10 cm y el número de fotorreceptores que tienen es enorme. Son unos mil millones de fotorreceptores, ocho veces la cantidad que contienen los ojos humanos (los nuestros tienen 132 millones). Cada fotorreceptor recibe muy poca intensidad de luz, pero la que recibe cada uno de ellos se suma a la que reciben los de su entorno inmediato, y gracias a ello Architeuthis puede ver allí donde casi cualquier otro animal no ve absolutamente nada.

Fuente: Ángel Guerra Sierra y Ángel F. González González (2009): “¿Qué sabemos de? El calamar gigante” Libros de la catarata/CSIC, 116 pp.

Foca pía amamantando a su cría (Wikimedia Commons)
Foca pía amamantando a su cría (Wikimedia Commons)

Como vimos en la anotación anterior, la mayor parte de los mamíferos no beben agua de mar. Para los seres humanos, sin ir más lejos, sería muy perjudicial. La razón es que nos provocaría una mayor pérdida de agua que la que ganamos bebiendo. Como es sabido, el agua de mar tiene un 3,3% de sal aproximadamente; la mayor parte es cloruro sódico (Na Cl). Los peces marinos, sin embargo, sí beben agua, producen muy poca orina y esa orina está muy concentrada. Pero ni siquiera así eliminan todas las sales de las que han de desprenderse. Necesitan el concurso de dispositivos especiales que tienen en las branquias para transportar Cl de forma activa al exterior; el Na+ acompaña al Cl en su salida.

Los mamíferos no tenemos dispositivos especiales como esos sistemas de transporte branquial. No obstante, como solemos tener acceso a agua dulce, lo normal es que el no poder beber agua de mar no sea un problema. Pero las cosas son muy distintas para los mamíferos marinos ¿beben ellos agua de mar? Hasta hace unos años era esta una cuestión controvertida. Por un lado, era difícil afirmar que no lo hacen, ya que viviendo como viven muchos de ellos de forma permanente en el mar, no es fácil descartar que la beban. Pero por otro lado, era bien sabido que no resulta sencillo para los riñones de la mayoría de mamíferos producir orina con alta concentración de sales. Además, se había visto a menudo a ballenas mordisquear fragmentos de hielo procedentes de la costa o de glaciares, por lo que se interpretaba que recurren al hielo como fuente de agua dulce para hidratarse y evitar tener que hacer trabajar al riñón por encima de sus posibilidades.

Estos días me he encontrado con un artículo de hace unos años en el que unos investigadores noruegos cuentan que midieron los elementos de ganancia y pérdida de agua en varias focas jóvenes, -focas pías, Pagophilus groenlandicus, y focas capuchinas, Cystophora cristata,- bajo condiciones controladas. De esa forma pudieron estimar todos los componentes del balance hídrico. Midieron la aportación a ese balance del agua procedente del alimento, la libre (agua de hidratación) y la metabólica (agua que surge como producto del catabolismo de los sustratos energéticos); la suma de ambas representa entre el 68% (focas pías) y el 81% (focas capuchinas) de los aportes totales. Estimaron que otro 5%, en ambas especies, corresponde a lo que incorporan por las vías respiratorias; esto puede resultar sorprendente, porque normalmente lo que suele ocurrir a través de las vías respiratorias es que se pierde agua por evaporación, pero no es así en el caso de animales que viven en un entorno cuya humedad relativa es del 100%, en los que ocurre lo contrario, ganan agua. Y el resto, hasta el 100%, es lo que beben. Por lo tanto, sí, las focas beben agua de mar, y ello no les supone mayor problema. El flujo de agua que diariamente entra y sale de sus organismos es de 70 ml kg-1. Las focas capuchinas beben 300 ml (14% del balance) y las focas pías 900 ml (27% del balance). Y si en vez de estar en agua marina se mantienen en agua dulce, esos porcentajes son algo mayores (16% y 34%, respectivamente), lo que sugiere que, de hecho, prefieren beber agua dulce que agua de mar.

Focas capuchinas (adulta y cría) (Wikimedia Commons)
Focas capuchinas (adulta y cría) (Wikimedia Commons)

Las focas regulan muy bien la concentración osmótica de sus fluidos corporales. Tanto si beben agua dulce como si beben agua de mar, mantienen constante la osmolaridad del plasma: 332 mOsm l-1 las focas capuchinas, y 316 mOsm l-1 las focas pías. Ambas especies, al permanecer en agua de mar y beberla, han de eliminar las sales excedentarias. De esa tarea se ocupa el riñón. La concentración osmótica de la orina que eliminan las focas llega a ser 1470 mOsm l-1 (focas capuchinas) y 1740 mOsm l-1 (focas pías). Si en vez de estar en agua de mar se mantienen en agua dulce, la orina que producen es de 1290 mOsm l-1, las focas capuchinas, y de 1260 mOsm l-1, las focas pías. En agua dulce, la concentración osmótica de la orina es 3’9 (focas capuchinas) y 4,0 (focas pías) veces mayor que la del plasma, y en agua de mar, es 4,4 (focas capuchinas) y 5,5 (focas pías) veces mayor. Esa diferencia entre las dos especies se entiende perfectamente si recordamos que las focas pías beben bastante más agua marina que las focas capuchinas, por lo que se aprecia muy bien que la tarea de eliminar sales excedentarias es cosa de los riñones.

El riñón, por lo tanto, hace un gran trabajo produciendo una orina muy concentrada en todos los casos, pero sobre todo cuando beben agua de mar. Para que nos hagamos una idea, la orina humana puede variar entre 50 y 1200 mOsm l-1 en condiciones que pueden considerarse normales (en condiciones extremas puede llegar a 1400 mOsm l-1). Así pues, incluso cuando beben agua dulce, las focas producen una orina más concentrada que la humana. Y cuando sólo disponen de agua de mar no parecen tener ningún problema, pero obligan al riñón a hacer un trabajo importante, dado que la osmolaridad de la orina alcanza valores verdaderamente altos.

Como vimos en la anotación anterior, nuestro riñón produce una orina que puede llegar a ser unas cuatro veces más concentrada que la del plasma en condiciones de cierta privación de agua, y sólo en situaciones límite –no tolerables de forma prolongada- llega a ser hasta cinco veces más concentrada. Si nuestro riñón fuera capaz de producir, de forma habitual, una orina 5 o 6 veces más concentrada que la sangre, como hacen las focas, seguramente podríamos beber agua de mar. Pero no podemos. Claro que no somos focas, ni hemos evolucionado, como ellas, rodeados de agua de mar por casi todas partes.

Fuente: I. Skalstad y E. Nordøy (2000): “Experimental evidence of eawater drinking in juvenile hooded (Cystophora cristata) and harp seals (Phoca groenlandica)” J Comp Physiol B 170: 395-401

Ilustración de Gustave Doré de "La balada del viejo marinero"
Ilustración de Gustave Doré de “La balada del viejo marinero”

Water, water, every where,

Nor any drop to drink.

[“The Rime of the Ancient Mariner”; Samuel Taylor Coleridge (1834)]

Es paradójico, sí; ese es el efecto que buscaba el poeta británico Samuel Coledridge con esos versos, remarcar lo extraño que resulta estar rodeado de agua y, a pesar de ello, no poder beberla. Porque frente a lo que proclaman algunos charlatanes y curanderos de nuestro tiempos, beber agua de mar no sólo no cura nada, sino que puede acabar con tu vida.

La gente de la mar siempre ha sabido que es peor beber agua de mar que no beber ninguna agua. La razón por la que no nos conviene beber agua de mar es que nuestro riñón no puede producir una orina cuya concentración de ión cloruro[1] sea mayor que la que tal ión tiene en el agua de mar. La consecuencia de esa imposibilidad es que para eliminar el cloruro ingerido al beber agua de mar, el riñón debería eliminar un volumen de orina superior al del agua de mar bebida. Dicho de otro modo, para poder eliminar ese cloruro, además de la ingerida, habría que utilizar agua procedente de los propios tejidos del organismo, lo que en definitiva tendría como consecuencia que se deshidratarían.

La capacidad para producir orina de mayor o menor concentración varía entre especies y depende de una característica anatómica y funcional del riñón. Me refiero a una estructura de la nefrona[2] que se denomina “asa de Henle” y que sólo existe en aves y mamíferos. Es precisamente esa la razón por la que aves y mamíferos son los únicos grupos animales que pueden producir una orina más concentrada que el plasma sanguíneo de cuya filtración procede tal orina. Esa capacidad para concentrar más o menos la orina, que depende del asa de Henle, se ha desarrollado en distinto grado en unas especies y en otras.

Así, y aunque pensamos que no beben mucha, parece que ballenas, delfines y otros mamíferos marinos sí pueden beber agua de mar, dada su gran capacidad para producir orina de muy alta concentración osmótica. Gracias a ese gran trabajo del riñón, por cada litro de agua marina bebida, esos animales disponen de unos 300 ml de agua “pura”, sin sales. En el caso del ser humano, sin embargo, aunque el riñón puede producir orina de mayor concentración que la de la sangre, no puede llegar a ser tan alta como sería necesaria para expulsar el exceso de sales ingeridas al beber agua de mar, por lo que su eliminación conllevaría una pérdida neta de agua.

La concentración osmótica de nuestros fluidos corporales es de unos 285 mOsm l-1; nuestro riñón puede llegar a producir una orina de hasta 1200 mOsm l-1 (multiplica por cuatro la concentración osmótica sanguínea) en condiciones, aún tolerables, de cierta privación de líquidos. Pero sólo bajo condiciones límite, y no tolerables de forma prolongada, llega a producir una orina de 1400 mOsm l-1 (cinco veces más concentrada que el plasma del que procede). Y sin embargo, la orina de los mamíferos marinos alcanza esa concentración con total normalidad. En esa diferencia está la clave de por qué ballenas, delfines y focas pueden beber agua de mar, mientras que los seres humanos, al igual que la mayoría del resto de los mamíferos, no podemos.


[1] El cloruro sódico, componente principal de la sal marina, se encuentra disociado en los iones cloruro (Cl) y sodio (Na+).

[2] La nefrona es la unidad anatómica básica de los riñones de vertebrados.

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@eskuezkerraz me ha pasado este vídeo; es de Iron Maiden interpretando la “Balada del viejo marino”. Alrededor del min 3 se refieren a la sed, y en el 3′ 10” pronuncia el verso del principio, en el que alude a estar rodeados de agua y no poder beber ni una gota. Gracias, Antonio. :-)

Oreotrochilus estella, uno de los cololibríes andinos que viven a mayor altitud; esta foto (de Tor Egil Høgsås, Wikimedia Commons) ha sido tomada en el lago Titicaca.
Oreotrochilus estella, uno de los cololibríes andinos que viven a mayor altitud; esta foto (de Tor Egil Høgsås, Wikimedia Commons) ha sido tomada en el lago Titicaca.

Los colibríes (familia Trochilidae) son los vertebrados que tienen las tasas metabólicas (por unidad de masa corporal) más altas. Se deben, en parte, a su pequeño tamaño y, en parte, a la gran actividad que pueden llegar a desplegar. Algunas especies alcanzan velocidades de hasta 50 km h-1, y son las únicas aves capaces de volar hacia atrás.

Una de las peculiaridades de este grupo es que sus especies se distribuyen a muy diferentes alturas sobre el nivel del mar, llegando algunas de ellas a superar los 4.000 m. Ya hemos visto aquí las limitaciones que impone la altura a la toma de oxígeno. A 4.000 m hay aproximadamente el 60% de oxígeno que el que hay al nivel del mar. Por eso, resulta sorprendente que unos animales con tasas metabólicas tan elevadas y, por lo tanto, con altísimas necesidades de oxígeno, puedan llegar a vivir en zonas en las que es tan escaso.

Porcentaje de oxígeno en función de la altura sobre el nivel del mar
Relación entre la altura sobre el nivel del mar (eje vertical) y las presiones barométrica (horizontal inferior) y parcial de oxígeno (horizontal superior)

La clave, al parecer, está en la hemoglobina. La hemoglobina es una de las proteínas que en el reino animal cumple la función de transportar el oxígeno desde el órgano respiratorio hasta los tejidos. A esas proteínas también se las llama pigmentos respiratorios, por el color característico que les proporciona uno de sus componentes, un metal que es diferente dependiendo de la especie o grupo animal. Salvo los peces de la familia Channichthyidae, todos los vertebrados tienen hemoglobina. Una molécula de oxígeno se combina con cada uno de los cuatro iones ferrosos que forman parte de los grupos hemo que, unidos a sendas proteínas globulares, forman la molécula de hemoglobina. Gracias a ella, la sangre puede albergar setenta veces más oxígeno que el que contiene en forma disuelta.

Cambio conformacional de la hemoglobina al combinarse con el oxígeno (no se muestra); las bolas granates o lilas representan los iones de hierro.
Cambio conformacional de la hemoglobina al combinarse con el oxígeno (no se muestra); las bolas granates o lilas representan los iones de hierro.

La adaptación de las diferentes especies de colibríes a vivir a distintas alturas se basa, precisamente, en una de las características más importantes de los pigmentos respiratorios: su afinidad por el oxígeno. En efecto, las especies de colibríes que viven en, o que pueden llegar a zonas más altas son las que tienen una hemoglobina con mayor afinidad por el oxígeno. Una hemoglobina (o cualquier otro pigmento) de alta afinidad por el oxígeno se combina con él con mucha facilidad y, por lo tanto, es capaz de captarlo en altas proporciones. Por esa razón, no resulta en absoluto sorprendente que cunato más alta es la zona a la que llegan los colibríes más alta tienda a ser la afinidad de su hemoglobina por el oxígeno. De esa forma, aunque la presión parcial de oxígeno sea muy baja en los lugares más altos, esa alta afinidad permite que pueda ser captado por el pigmento respiratorio.

Un aspecto muy interesante de esta adaptación es que las diferencias de afinidad entre especies de colibríes se deben a dos únicos cambios en la secuencia de aminoácidos de la molécula de hemoglobina. Son los que corresponden a los sitios ß13 y ß83. Las especies con hemoglobinas de afinidades más altas –de zonas altas- tienen el aminoácido serina en ambos sitios, o glicina en ß13 y serina en ß83; sin embargo, las especies con hemoglobina de menor afinidad –de zonas bajas- tienen glicina en ambos sitios. Al parecer, las sustituciones de glicina por serina, o viceversa, dan lugar a cambios localizados en la estructura secundaria de la cadena de aminoácidos que afectan de forma indirecta a la afinidad del pigmento por el oxígeno.

Amazilia amazilia, uno de los colibríes que viven en zonas de menor altitud (Fotografía de Su Neko, Wikimedia Commons)
Amazilia amazilia, uno de los colibríes que viven en zonas de menor altitud (Fotografía de Su Neko, Wikimedia Commons)

Un análisis de la secuencia de aminoácidos de la globina ßA (en la que se encuentran los sitios ß13 y ß83) de 63 especies de colibríes ha revelado que esas sustituciones se han producido en, al menos, 17 ocasiones de forma independiente en la evolución de ese grupo de especies en concordancia con cambios en la altura de sus áreas de distribución; además, y como es lógico, el cambio se ha producido en uno u otro sentido, dependiendo de si la especie se ha elevado o ha descendido, y en algunos casos se han producido sustituciones en una y otra dirección una después de la otra.

En teoría, existen múltiples posibilidades de cambio en la secuencia de aminoácidos de las cadenas que forman la hemoglobina que podrían dar lugar a variaciones en su afinidad por el oxígeno. El problema es que la mayoría de esos posibles cambios tienen efectos negativos, pues pueden impedir la combinación del oxígeno con el hierro del grupo hemo; esa posibilidad es mayor cuanto más próximo del grupo hemo esté el sitio donde se produce la sustitución. Por esa razón, es lógico que se hayan seleccionado cambios como los documentados en los colibríes, porque se producen en una zona de la molécula lo bastante alejada de los grupos hemo como para no provocar una peligrosa alteración funcional de la hemoglobina, pero que, a pesar de ello, sí da lugar a un cambio conformacional suficientemente importante como para que varíe su afinidad por el oxígeno.

La investigación que ha desentrañado la naturaleza de la adaptación de las diferentes especies de colibríes a la vida a distintas alturas es modélica. Identifica, en primer lugar, una fuente de variación -la altura, con su correspondiente presión parcial de oxígeno- con posibles efectos sobre una función fisiológica básica –el metabolismo-. A continuación, determina para cada especie el rasgo más básico de la función de la hemoglobina, su afinidad para con el oxígeno. Y, por último, identifica las bases moleculares de las diferencias funcionales observadas para un amplio conjunto de especies. Se trata de un fenómeno de adaptación fisiológica con todos sus elementos: variabilidad ambiental, mecanimo molecular y mutaciones.

Fuente: Joana Projecto-Garcia, Chandrasekhar Natarajan, Hideaki Moriyama, Roy E. Weber, Angela Fago, Zachary A. Cheviron, Robert Dudley, Jimmy A. McGuire, Christopher C. Witt, y Jay F. Storz (2013): “Repeated elevational transitions in hemoglobin function during the evolution of Andean hummingbirds” PNAS 110 (51): 20669-20674

Post scriptum: Para que te hagas una idea del tamaño de un colibrí y de la velocidad a la que baten sus alas, mira este vídeo: