Serpientes

Thamnophis elegans terrestris (Imagen de Stebe Jurvetso, Wikipedia)
Thamnophis elegans terrestris (Imagen de Steve Jurvetson, Wikipedia)

Hay alrededor de 3.400 especies de serpientes en el mundo. Se extienden por casi todo el planeta -tan solo se hallan ausentes de las regiones polares más frías-, y han desarrollado un amplio abanico de tamaños. La más pequeña conocida en la actualidad mide alrededor de 10 cm, mientras que algunas pitones se acercan a los 10 m. No obstante, ninguna de las actuales supera las dimensiones de la Titanoboa, una serpiente extinguida que medía más de 10 m de longitud y pudo llegar a alcanzar una masa de 1 t.

Si nos piden que destaquemos un rasgo que hace de las serpientes un grupo especial, seguramente citaríamos el hecho de haber perdido sus extremidades y alargado su cuerpo de forma extraordinaria. La opinión mayoritaria entre los herpetólogos es que varanos, monstruos de Gila y serpientes tienen un antepasado común, y que uno de los linajes se adaptó, inicialmente, a la captura de insectos y otras presas pequeñas en agujeros subterráneos. La pérdida de las extremidades es lo que habría facilitado las operaciones bajo el suelo y, más adelante, algunos representantes de ese primer grupo sin patas habrían retornado a la superficie terrestre y habrían recuperado una alimentación basada en presas de mayor tamaño. Lo curioso de la pérdida de las extremidades es que los genes de los que depende su crecimiento no han desaparecido, siguen en su sitio, pero las células responsables de iniciar su desarrollo ignoran la señal correspondiente. A la vez que desaparecieron las extremidades, el número de vértebras aumentó considerablemente: ¡algunas especies tienen más de 500! Aunque pueda parecer un fenómeno muy extraño, excepcional, lo cierto es que varios linajes de lagartos han perdido las patas, por lo que seguramente es un proceso no tan difícil de que ocurra.

Otro rasgo por el que las serpientes son bien conocidas es que un buen número de ellas son venenosas. Gracias al veneno –normalmente un coctel de hasta un centenar de toxinas en algunas especies- muchas serpientes consiguen paralizar a las presas que les sirven de alimento. Es posible que la capacidad para producir veneno evolucionase hace 200 millones de años en algún antepasado común de las serpientes y de los varánidos actuales, aunque también podría ser que el veneno haya sido una característica que haya aparecido en más de una ocasión. En todo caso, apareció antes del momento en que los antepasados de cobras, víboras y demás especies venenosas se separaron de los de las pitones y boas actuales. Y eso ocurrió hace aproximadamente ochenta millones de años.

Y ya sea mediante el veneno, ya mediante estrangulamiento, muchas serpientes son capaces de atrapar presas de tamaño superior a ellas, lo que les permite no tener que dedicarse permanentemente a buscar alimento. La anatomía de las estructuras implicadas en la captura y deglución de las presas es también muy especial: la piel alrededor de la boca está llena de pliegues, lo que permite una gran expansión a la hora de ingerir la presa, y algunos músculos de las mandíbulas se estiran tanto que llegan a desemparejarse las fibras de actina y de miosina (vuelven a sus posiciones de acoplamiento una vez han tragado la presa).

Aunque lo visto hasta aquí ya hace de las serpientes un grupo verdaderamente singular, el rasgo más asombroso, aunque probablemente menos conocido, que han desarrollado es su enorme variabilidad metabólica individual. Ya me ocupé aquí de la gran flexibilidad del sistema digestivo de la pitón de Birmania, Python molurus, que se reduce a su mínima expresión unos doce días después de la última comida. Pero no es solo el aparato digestivo lo que reduce; el riñón crece de forma significativa (alrededor de un 40%) durante el proceso digestivo para reducirse después; y el hígado llega a duplicar su tamaño cuatro días después de la ingestión.

Y en lo que se refiere al metabolismo, la tasa metabólica de una pitón se multiplica por 45 al día siguiente de haber cazado una presa. Pero durante los periodos de ayuno, llega prácticamente a anularse. En ningún vertebrado se ha medido un metabolismo basal tan bajo como en una pitón de Birmania. Ni que decir tiene que una reducción metabólica tan acusada permite a las pitones ayunar durante semanas manteniendo una mínima actividad. Podría decirse que estas serpientes viven en un estado de letargo prolongado solo interrumpido, cada cierto tiempo, para darse un verdadero banquete. No hay desayunos semejantes en el reino animal.


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